Hay griterío, chillidos de mujeres histéricas, levanto la vista y miró al lugar de donde viene todo el barullo. Un muchacho de unos treinta y tantos le tira un par de manotazos a un punga que intenta huir de la furia del asaltado. Son como veinte pendejos de no más de veinte años que vienen arrasando la avenida 9 de julio. Roban teléfonos, carteras, bolsas, buzos, lo que encuentran agarran. No les importa los insultos de las viejas, un poco sí la reacción de algún hombre, como el que intentó una trompada al aire. Yo, que miraba mp3 en el puesto en Oncativo, descifro el panorama en segundos y me acurruco detrás del puesto, oculto tras una columna, mirando al interior del cajero automático del banco Río. Para peor tengo puesta una remera que me anuncia como hincha de Independiente. La banda de chorros pasa corriendo. Por donde yo estoy, manotean un par de cajas de cd´s al paso, miran de reojo amenazantes pero no paran. Son todos parte de la barra brava de Lanus que acaba de perder con Gimnasia de local. Y claro, se descargan la bronca de la manera que a ellos mejor les va.
Calculé mal al salir a comprar. Pensé que el partido estaría en el entretiempo y todos adentro. Pero resultó que no empezaba siete y media como me había dicho un amigo sino mucho más temprano. Y justo cuando salí a comprar me encontré con la salida de la gente del estadio Díaz Pérez. Todos embroncados: los tipos comunes que pasaban con cara de amargura y los rastreritos que aprovecharon la ausencia de policía y la presencia de familias indefensas.
Safé del afano. Me compré tres películas por quince pesos. Pasé por el supermercado y me compré un tubo de papas fritas de las más caras, las de color verde. Me volví casa para disfrutar de mi sillón junto a la televisión. Es domingo a la noche y la cosa viene para tener sueño muy tarde. Típico de mis domingos.
viernes, 9 de enero de 2009
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