viernes, 16 de enero de 2009

CIENTO TRES

El príncipe inca Ninan Cuyochi, sucesor al trono del Tahuantinsuyu, perdía sus días entre la adoración a los dioses en el templo Coricancha y sus aprendizajes protocolares que lo convertirían en un gran monarca.
Curioso e inquieto como todo joven no dejaba momento sin hostigar a sus mayores para sonsacarles las verdades de las ciencias del imperio, de las virtudes necesarias a todo gran hombre, y del pasado glorioso de su pueblo. Era poco dado a las instrucciones y adoctrinamiento en materia militar, lo cual le significaba tener que escuchar las reprimendas de su padre, el inca Huayna: emperador culto y sabio pero fiel a la tradición guerrera de todos sus antepasados.
El príncipe no pudo llegar a ser emperador. El destino le tenía preparada la sentencia de una enfermedad terminal.
Sin embargo, el delfín inca, en medio de los intrincados senderos del crecimiento, supo de un dictamen más vil y artero. Por los caminos de piedra, en las alturas del imperio, recibió la declaración de una joven prima, cortesana elegida por los fervores de su corazón real; consultada sobre la relación con su ocasional cortejante (rival en amores del futuro emperador), dijo lo peor que podía escuchar un alma enamorada: “El amor no existe, solo una buena convivencia y complementación. No creo en la posibilidad de amar, mi Señor.”.
El enamorado príncipe hubiera querido que su adorada compañera amara a otro hombre, a varios hombres; o a todos los hombres del imperio.
Esta confesión dejó sin vida al sucesor del trono inca. Después, una enfermedad se llevó su cuerpo sin voluntad.

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