El borracho va tambaleándose por la vereda de lado a lado, barrenando las baldosas flojas de colores distintos. Parece que se cae pero justo a tiempo endereza la nave y sigue su viaje de regreso a casa, luego de un día de trabajo y copas.
Entra y no tarda tanto en poner la llave en la cerradura, eso es un mito creado para el divertimento de las películas, o las anécdotas sobre ebrios de los que no toman alcohol. Los borrachos entran en sus casas sin estar dos horas tratando de abrir la puerta, lo hacen bien y sin gran demora.
La mujer lo mira y ya no dice nada. Le sirve un plato de comida y se va a otra habitación. Los hijos lo miran y no dicen nada, pero no lo soportan, solo esperan que termine de rumiar el arroz y se decida a acostarse. Mientras miran la tele y desoyen las esporádicas palabras que pretende enlazar el mamado. Letras sueltas sin mucho sentido, como respuestas equivocadas a preguntas que nadie hizo. El aire se corta con un “listo” con tufo a vino barato, inofensivo, altamente repulsivo.
La mirada está entre el chiquero que hace de la mesa al intentar comer lo servido, y uno de los hijos frente al televisor, paciente, interiormente desesperado por la espera de la soledad del comedor. Si éste lo observa un segundo, sale un “¿qué pasa?” de la boca torcida. Nadie contesta ese ruido.
Pasa un rato. La mesa es un plato de comida desperdigado en la fórmica, migas de pan como salpicré, agua en gotas o en lagunas sobre los diarios, o los papeles, o lo que haya en la mesa. La mirada semiabierta, la boca diciendo “e” en silencio.
Finalmente se para y se va hacia la pieza, el pañuelo arrugado asomado del bolsillo trasero según una moda vieja de paisanos del campo. Se acuesta en la cama, si puede desvestido, si no como haya salido la intención. Ya no molestará hasta la noche siguiente, cuando desparrame sobre los diarios polenta, o fideos, o lo que haya.
En el comedor, el hijo que persistió en esperar la soledad, levanta el desorden y adecenta la imagen de la habitación más familiar de una casa de familia.
lunes, 12 de enero de 2009
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