Ella me cuenta las idas y vueltas de su ruptura con el novio y yo la pienso desnuda. No sé por qué accedí a vernos para charlar. Bah, sí sé. En el fondo me jugué una ficha a que me iba a poder comer un poco de ese cuerpo flaquito y morocho. Entre pena y pena consolarla hasta hacerle creer que servía terminar en la cama, al menos esta vez.
No funcionó. Me pasé dos horas escuchando la perorata del abandono y bebiendo a cortos sorbos la gaseosa más cara de los últimos años. Ni siquiera pude acariciar una mano, en el típico gesto de comprensión. Toda la puta tarde con las dos manos debajo de la mesa estuvo, apoyadas en las piernas. Solo levantar una de ellas para tomar de su vaso de tanto en tanto.
Ahora que lo pienso le tendría que haber comprado un par de medias al vendedor ambulante que pasó ofreciéndolas. Por lo menos me hubiera quedado algo que sirviera.
Afuera es un horno, treinta y seis grados. Adentro está más aguantable. Sacando por el tema que se alarga infinitamente.
Por suerte se hacen las nueve y media y ella se tiene que ir. Le pago a la moza y salimos a la avenida Callao, en la esquina con Corrientes cruzamos unas últimas palabras y nos decimos que hablaremos. Mentira, yo no pienso mover un dedo para repetir esta sesión de pesca con mediomundo agujereado.
Vaya con Dios. Ojalá se amigue con su novio, así no se le ocurre llamarme de vuelta.
Miro la hora y camino por Corrientes rumbo al río. Entro a sacar plata de un cajero automático. Dos cuadras adelante entro en una librería a comprar algún libro, miro un rato y no llevo nada. Voy al fondo del local y me compro una película pornográfica de producción nacional.
viernes, 9 de enero de 2009
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