viernes, 9 de enero de 2009

CUARENTA Y TRES

Estoy sentado en el piso alfombrado que da a la salida de emergencia. Cómodo, escribo y saco cuentas de algunos gastos a pagar, miro pasar la gente de costado, va subiendo por la escalera mecánica hacia los pisos superiores, donde están la mayoría de las salas. No doy mala imagen, es más, nadie se detiene a verme. Sacando el encargado o gerente general, o lo que mierda sea el infeliz de saco que le indica al de seguridad que me tiene que pedir que cambié de lugar de espera, y de postura también. El de seguridad no tiene la culpa, el otro tampoco. Pero uno es un esclavo, un pobre idiota, y el segundo es el jefe entre los esclavos, y tiene un galón finito y bien limpito. Si mañana lo despiden no tiene grandes chances de conseguir otro trabajo decente. Igual la culpa de todo la tiene la gente toda, el consumidor de este lugar y de casi todos los lugares. Es él el que permite que le digan lo que está bien y lo que no, valiéndose solo de la buena costumbre. Esa que es de dudosa procedencia.
Yo, sentado en ese oculto lugar, incomodo a la sensibilidad general. Que los pibes que cortan las entradas cobren una miseria poco digna no molesta a nadie. Qué fácil que es sentir subir las arcadas en el día a día de este mundo.

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