A cada reunión que me abono, en cualquier situación que se dé, cuando surge la rememoración de las épocas pasadas es una repetición escuchar lo mucho que desean volver todos a los años del colegio secundario. Los definen como sus mejores momentos, su parte de la vida distendida y sin problemas. Y recuerdan situaciones y alegrías, y compañeros, y profesores. Concluyen mirando el cielo raso y exclamando conjuntamente: “¡Quién pudiera volver a la secundaria!”.
Por suerte yo no puedo. Porque además es al último lugar al que quisiera regresar. Tengo unos recuerdos no tan paradisíacos de mis días en la escuela nacional de comercio número uno Joaquín. V. Gonzalez. No es una piel de gallina pensar en las aulas y los patios pero no pasé esa etapa tan relajadamente; era de bastante tensión ir a cada clase, igual que la responsabilidad de tener que aprobar las materias para no repetir.
No tenía mucha popularidad en el edificio multitudinario (el Joaquín albergaba, lo hace, cerca de cinco mil alumnos), no es que me miraran mal o tuviera problemas, pero tampoco estaba entre los que sabían ser líderes de opinión adolescente.
Uno no carece de responsabilidades y preocupaciones cuando es más joven, solo que puestas en nuestra mirada de adulto parecen empequeñecer, y esto porque nadie tiene mi extraña capacidad de atrapar los sentimientos pasados y guardarlos como en una cajita, para sacarlos mucho tiempo después con la misma carga emocional de su lugar original.
Cuando pienso en la secundaria me veo sufriendo exámenes para los que no había estudiado casi nunca, así me siento hoy y ahora gracias a encarcelar el alma del instante. Por eso no quiero volver a aquellos años. A las angustiosas horas previas a las lecciones orales, a la incertidumbre de cada fin de año, a mi manía de ocultar toda realidad a mi vieja, que me ponía en situación de inventar y sostener perfectas secuencias de estudiante ideal. Como cuando falté dos semanas seguidas para ir al viejo Shoping Sur, sin avisar a mamá claro. O cuando me iba del colegio después de las dos primeras horas, ya con el presente asegurado en la bolsa. O cuando falsificaba la firma de mi vieja guardando para mí los reprobados y los apuros.
El peor día de mi vida sé cuál es. No fue de grande, nunca me pasó nada grave ni me sentí angustiado y temeroso en mi adultez.
martes, 13 de enero de 2009
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