viernes, 16 de enero de 2009

CIENTO CUATRO

Un verdadero escándalo fue el día que estando yo en una iglesia cualquiera, al novio le escupieron el asado. No se estila mucho eso de “puede besar a la novia”, pero al cura ése se le dio por decir así en el momento cumbre de la boda, y el fotógrafo dio dos pasos y le dio un inolvidable beso de lengua a la emblanquecida candidata.
El sujeto que vio salirle astas a su testa no reaccionó, al menos en primera instancia. Se dedicó a mirar incrédulo la escena ardiente, como anestesiado por una esperanza de que fuera una ficción, un mal sueño. El que entendió que era un bochorno fue el padre de la novia, que se corrió del costado del sacerdote y empujó al Casanova. Ahí se sumó el hermano del cornudo y acomodó un zurdazo al besador; y entró un tío de vaya a saber quién, y amigos varios, y todo era gritos, empujones, y recriminaciones.
Ahí sí entró a tallar la bolsa de cuernos. Pero no se violentó como se hubiera esperado, como todos hubieran deseado. Miró a su prometida y le preguntó si conocía al tipo. La respuesta fue ridícula, y bastante esclarecedora. Le dijo: “Es el fotógrafo que contratamos”.
El párroco le recriminó al asaltante de labios que no podía hacer lo que hizo. “Ya está hecho”, gritó una vieja desde el fondo, que en realidad era la entrada de la nave central. A esta altura la novia ya no estaba tan de blanco, el novio desaliñado esperaba una explicación urgente, el cura se desesperaba porque tenía otro casamiento en puerta y el bochornoso que precedía no se terminaba.
Los amigos y familiares de los que se casaban al turno siguiente cogoteaban por la puerta de madera, el griterío era demasiado para no generar curiosidad en terceros. Un par de taxistas parados demoraban su regreso a las vueltas despaciosas por la ciudad, y hasta uno que venía durmiendo en el asiento de un bondi se despertó cuando el colectivo paró justo en la puerta de la iglesia, esperando el verde del semáforo.
Entonces la novia dijo: “Bueno, dale, besame Ruben, así terminamos con esto y nos vamos a la fiesta”. El Ruben éste se acomodó el frac y dio un beso enclenque a su esposa consagrada; el fotógrafo sacó unas fotos del momento en una especie de burla que no admitía otra cosa que un asesinato en la casa del Señor. El cura respiró aliviado y huyó tras bambalinas.
Yo di media vuelta, en el costado de la fuente de bendicionbes donde estaba, y, mientras sonaba el ave María, me fui de la puesta de cuernos más rápida que se haya visto sufrir a un marido.

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