Finalmente el líquido que me da mi cuñado cuando voy al edificio verde sirvió para correr a las cucarachas de casa. Ahora prendo la luz en medio de la madrugada y la mesada se mantiene sin sus anteriores escapistas desesperadas. No deja de ser un alivio, aunque ya me había habituado a compartir mi pan con las tipas negras.
Tantos compactos y tan poco tiempo para escucharlos. Por suerte ya no acostumbro comprar los tres compactos que compraba por mes. Así fue que se me fueron apilando los grupos y los solistas en la biblioteca del living, juntando polvo, matándose de la risa. Encima un día se me rompió el equipo de música y no lo arreglé más, me quedé con un discman que tenía por todo aparato reproductor de audio. En resumen, mucho compacto al pedo. No todos, pero un tercio del total seguro.
Esto me vino a la mente cuando, días pasados, estaba leyendo tirado en la cama y vi el despropósito sobre la estantería. Lo observé en una pausa de Gunter Grass. Ya me olvidé el título del libro que estaba leyendo, lo cual no habla muy bien del libro. Porque se supone que cuando a uno le gusta un libro del título se acuerda. Libros es algo que en estos tiempos estoy comprando en gran cantidad, el hecho de tener un empleo estable que paga más o menos decente ayuda a este placentero gastadero de plata: “gastó todo su sueldo en libros, hay que manera de tirar la plata”, dice el indio, no sin razón. En mis épocas peores, digamos, de más tirado y pobre, me las rebuscaba entre las bibliotecas ajenas y las ofertas de las librerías. En el primer caso tenía buenas lecturas, en el segundo me tragaba porquería de cuarta. Pero al menos despuntaba el vicio. A veces, muy pocas en verdad, se daba con algo bueno en las montoneras de libros por $2. Las exégesis de lugares comunes de León Bloy me vinieron en uno de esos cambalaches literarios económicos. No recuerdo otro libro que haya valido la pena dejarle los dos mangos al librero en lugar de al agenciero.
Me paré de la cama y agarré el de Corelli, un poco de violines me sentaban bien en ese momento. Para mi la música y su elección de escucharla tiene una conexión inseparable con los estados de ánimo; incluso con mis ganas de caer en determinado estado de ánimo. No concibo a Edmundo Rivero una mañana de domingo soleada y con canto de pájaros; un asado se acompaña con folklore tradicional, un Tormo, un Atahualpa, Cafrune puede ser. Ya llegando el sábado a la noche soy de poner algo que levante, soul clásico, un metal puede rimar con el momento. Domingo a la noche para Piazzola, para el Nano, para el andaluz. En la semana, noches entre trabajo y trabajo, rock nacional y boleros. Un miércoles feriado que no se pasó: Juan Luis Guerra. Viernes a la noche, todos, jazz. Viejo y no tanto.
Al final no escuché al compositor clásico, seguí leyendo al alemán y su mea culpa sobre el nazismo del Reich. Fui a buscar una botella de clericó fizz a la heladera y sonreí al ver a la única cucaracha que deambulaba por el piso de la cocina. Pobrecita. Perdida, sola, abandonada, huérfana, aplastada contra el mosaico.
viernes, 9 de enero de 2009
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