Todo empezó bien, las locomotoras daban recorridos sin parar desde temprano en la mañana hasta cerca de las dos de la madrugada, cuando se hacía el último viaje. Al ser divididas las partes mucho no importaba cuál de las dos era la que más viajes hacía, estaban ambas a disposición de la demanda del turista y del rendimiento final de ganancias de los socios. Al terminar el día los dueños del negocio se juntaban en el café frente a la plaza, y cortado de por medio, hacían las cuentas de la jornada. La ganancia se repartía ahí mismo, no era una quita semanal ni quincenal, cada día se contaban los boletos vendidos, se les pagaba a los que animaban los viajes, a los conductores, y se agarraban lo propio. Los gastos por impuestos se quitaban una vez al mes, al igual que el servicio de luz de las cabinas.
Les iba muy bien. Promediando, mil quinientos pesos de ganancia neta por día para cada parte. Los dos estaban contentos y conformes, sobre todo Ezequiel, que acostumbrado a yirar la calle vendiendo oportunidades no sabía de estas ganancias. Amir, en cambio, desde muchos años ya había dejado de ser un pinche del asfalto. En la calle los años traen dos direcciones: la decadencia y la esclavitud, o la independencia de la fortuna y el golpe de suerte. Las habilidades muestran para qué lado va cada buscavidas; unos están metidos en el traje del hombre araña, los otros montan el show quedándose con lo que da el circo. El ruso era el dueño del circo hacía años.
Ezequiel, en cambio, estaba en el punto de inflexión. Era despierto y sabía que le tocaba mover sus piezas, y que si le erraba iba a terminar metido en un disfraz. Por eso guardó moneda por moneda durante sus buenos primeros años, quitando parte de lo ganado para la casa, privándose de los vicios típicos de los pibes de su edad. No era solo no salir a disfrutar los pocos ratos libres, sino carecer de toda vida fuera del proyecto de ahorro. Sin amigos de confianza, sin novia a quien darle un espacio, todo el gasto que se daba era, una vez al mes, satisfacer sus deseos sexuales con Silvana, una joven prostituta que trabajaba la zona portuaria. A quien conociera cuando trabajaba pelando los langostinos que traían los barcos pesqueros.
No se puede decir mucho acerca de Silvana, su vida no tiene muchos recovecos donde husmear. Y si importa mencionarla es por su relación con las cosas que pasarán. La mejor descripción que se puede hacer de ella no es la física, sino la de su personalidad; si su cuerpo estaba a la venta no habría que sorprenderse que todo en ella estuviera a la venta. Predispuesta a la negociación permanente en su trabajo, era éste un rasgo más general de su carácter, que se volvió carne en alguien que vive del tire y afloje. Iba a saber acordar con cualquiera cuando de ello resultara beneficiada.
Ezequiel era un pibe que podía atraer a cualquier mujer que viviera una vida sencilla. Y cuando digo esto me refiero a una mujer que sin profesión ni proyecto de progreso firme estuviera pasando las horas buscando de dónde sacar el sustento. Haciendo cosas temporales, saltando de trabajo en trabajo sin más deseo que llegar a juntar para la pensión, la comida y los cigarrillos. La mente en blanco más allá del mes siguiente.
Sin educación fuera de lo esencial Silvana parecía estar como de paso por todas las cosas. Y esto era un grotesco reflejo de las vicisitudes de su ocupación. También estuvo de paso por él, pero a decir verdad no fue cosa que produjera un trauma en el pibe. No era de carácter enamoradizo y no tuvo más conexión con la puta del puerto que la buscada domingo tras domingo.
En la época de más trabajo no existía la palabra franco, había que estar siempre metido en el negocio. Pero igual Ezequiel se reservó la mañana de cada domingo para ir a ver a la prostituta del puerto; en un primer momento no encontró la aceptación de su socio, pero esto porque el ruso no sabía que las horas de su socio fuera de la plaza eran para ir a echarse un polvo. Por eso solían tener discusiones sobre la verdadera necesidad de ese faltazo cada siete días. Ezequiel no era tímido en absoluto pero quería reservarse el dato de sus escapadas al puerto, esto más que nada por miedo a la burla de su compañero.
Finalmente, en un intercambio de reclamos al termino de un día de trabajo contó al ruso de sus visitas sexuales. Luego de estallar en risas éste le dijo que de haber sabido antes el motivo lo único que hubiera hecho era comprarle forros de los buenos, a buen precio. Allí terminó el conflicto.
Partía Ezequiel temprano a la mañana luego de tomarse un café en el bar del hotel céntrico que lo hospedaba. Subía al colectivo y pedía hasta el puerto, tomaba el 221 que casi siempre era el mismo, por lo que conocía al chofer e iba charlando hasta llegar a su destino. Bajaba en la parada del club verde y amarillo y caminaba cuatro cuadras aspirando el vaho a pescado y escuchando, a lo lejos, el rumor del mar. Tenía por costumbre mirar el extenso espacio aéreo de la reserva ecológica, sentía una extraña fascinación por las bandadas de pájaros que lo revoloteaban. Una y otra vez se volteaba sobre el cordón de la vereda para verlas, y siempre se preguntaba por qué ella nunca faltaba a la cita imaginaria que tenían, cada séptimo día.
Llegaba a la pensión de Silvana y allí esperaba en la puerta; así era el trato desde la primera vez. Ella salía a los diez minutos y se iban para una obra en construcción abandonada algunas cuadras más adentro. Nunca era puntual, siempre lo hacía esperar. Ezequiel, luego de los primeros cinco minutos se cruzaba hasta un árbol de la vereda de enfrente y allí jugaba con alguna moneda entre sus manos, impaciente.
El sexo era tan poco encendido como la vestimenta de ella. No acostumbraba vestirse como lo hacía por las noches cuando paraba en la avenida costanera. Esto a él no le importaba, era poco el tiempo que duraba con ropa y no tenía deseos de saborearla en la insinuación. De manera mecánica se desvestían y se unían con la piel aún de gallina por la helada de la madrugada; parado él detrás de ella le daba secos empujones que eran amortiguados por el movimiento hacia atrás de su compañera, agachada levemente para que la penetración fuera sin tensar en demasía los músculos. Lo hacían dos veces de manera rápida y una tercera con más trabajo y dedicación. Esto más que una decisión compartida era el resultado de la predisposición natural de sus órganos amatorios.
Le pagaba allí mismo, antes de emprender el regreso. De paso por el albergue de Silvana se despedían hasta el domingo siguiente. Ella entraba para acostarse de vuelta y él seguía para ir a trabajar a la plaza el resto del día.
Hacia fines del mes de enero y a la vista del buen ritmo de trabajo que tenían, los dos socios decidieron repartirse las horas de la jornada para atender el negocio. Esto fue una propuesta de Amir que Ezequiel aceptó sin muchas objeciones, sin ninguna en realidad. No vio en esta iniciativa nada que lo pudiera perjudicar, y así tendría más tiempo cada uno para disfrutar de las ganancias y planear sus pasos cuando acabara el verano. Por lo demás las cosas seguían igual, las cuentas al final de cada día se mantenían y la forma de operar era la misma.
El chico nada sospechó durante unos días, pero una paulatina disminución de las ganancias lo empezó a desconcertar. Su turno mantenía la misma circulación de turistas y los boletos se vendían sin parar viaje tras viaje. Dio por descontado que durante la primera parte del día era menor el movimiento y confirmó que ahí estaba la merma de la recaudación.
Cuando el ruso le contaba que el ritmo de vueltas iba decayendo cada jornal, Ezequiel lo tomaba con naturalidad, era la respuesta que él ya se había dado. Por eso la palabra de su socio era la ratificación de sus intuiciones.
Así, las cuentas en cada noche bajaron a los novecientos pesos por cabeza. Se lamentaban el bajón e intercambiaban opiniones acerca de cómo sacar adelante el turno mañana. El ruso propuso aumentar un poco la tarifa para recuperar la ganancia que tuvieran hasta esos días. Esto a Ezequiel le pareció riesgoso, tener precios diferentes en cada turno podía caer mal a los clientes, sobre todo a los que solían traer con asiduidad a sus chicos varias veces por semana. Le hizo saber a su socio que no le agradaba su plan, cosa que Amir aceptó sin mostrar disgusto. También ensayaron la idea de bajar el sueldo de los que se disfrazaban. Esta idea del pibe chocó con la negativa del ruso, quien íntimamente sabía que no había motivos para ello, tendría que darle una explicación a cada empleado y no sería satisfactoria. Porque no la había en realidad. Discutieron largo rato sobre ese punto. Amir se excusaba diciendo que no quería generar malestar en los empleados, que esto haría bajar su rendimiento en las vueltas y su buena voluntad. A Ezequiel no le parecía que esto pudiera pasar, después de todo se veían forzados a hacerlo, contaba con que los empleados entenderían. Ellos siempre habían sido bien retribuidos cuando la cosa iba bien, ahora era fuerza mayor la quita. De eso intentó convencer a su socio una y otra vez sin éxito. El ruso, defendiendo su puesta en escena, decía como buen argumento, que no se les podía llamar a este presente malo, solo se trataba de una disminución de las ganancias. No era trabajar a perdida y por ello no podía decírsele a los trabajadores que era necesario bajar sus sueldos. Era un buen punto, y con él se diluyó la tentativa del pibe de persuadir a su socio.
Luego de varios días más Ezequiel se fue confirmando que su socio algo le ocultaba. Cada noche era un monólogo suyo sin una marcada participación del ruso. Se fue haciendo evidente la displicencia que presentaba aquél, como si se contentara con lo ganado, aunque fuera la mitad de lo del inicio de la temporada. Ezequiel desconfió de esa resignación.
Un sábado se reunieron como cada noche. Pidieron al mozo dos cafés y sacaron los papeles de cada turno. Antes de que el ruso comenzara a rendir los ingresos de la mañana Ezequiel le dijo que él iría el día siguiente al turno de la mañana y le dejaba el turno de la tarde-noche. El cambio, dijo, era para hablar él mismo con los empleados y explicarles que debían aceptar la disminución del sueldo. Con voz triunfante pero con la certeza interior de saber cómo reaccionaría su socio, le dijo que se hacía cargo de las peleas y los cambios que hubieran de surgir. Y si era necesario se disfrazaría él mismo y saldría a animar los recorridos. El ruso, viejo zorro, evitó manifestar la contrariedad que le produjo aquel golpe de mano que metía su joven socio, se limitó a negar de manera calma y con aires de racionalidad que esta idea fuera buena. Dejó entrever al muchacho que se sentía algo ofendido por quitarle de las responsabilidades. Por primera vez desde que iniciaran la sociedad habló con voz seca y desafiante. “Vos te quedás en tu turno que ahí estás bien, yo me encargo de las cosas del mío.”.
Ezequiel se fue de aquella reunión ya seguro de estar siendo engañado por su socio.
viernes, 16 de enero de 2009
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