Hoy fui a fumigar de vuelta un edificio. Pero ya no el de color verde que tanto me repugnaba, sino el de cuatro pisos de la estación Ténperley. Hace rato no iba, y cambiaron algunas cosas. Por ejemplo que ahora me acompaña el encargado, diciéndome qué departamento llamar y cuál no. Y así es más rápido, tardé quince minutos. Claro que había mucha gente de vacaciones y eso ayudó a que se haga en un cuarto de hora.
Volví a casa a la una del mediodía y tiré todo el veneno que me quedaba en la cocina. Vacié todos los estantes y empapé las alacenas con el líquido. Le metí a la cocina y al calefón también. Espero que esta vez se mueran de una puta vez. Lo dudo.
Mi cuñado me aumentó el sueldo de fumigar a doce pesos. Dice que si me da más ya no le sirve el negocio. Y pensar que yo voy a fumigar para hacerle un favor, ya que él no quiere ir ni en broma. Yo preferiría quedarme a dormir en mi cama del living hasta que me levante harto de babear la sábana.
Cucarachas: divino legado de la evolución.
sábado, 10 de enero de 2009
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