Dos de la tarde, suena el despertador del soberbio teléfono móvil. No le doy bola y sigo durmiendo. Vuelve a sonar a las cuatro y vuelvo a desoírlo. A las cuatro y media viene mi vieja y me dice que me tengo que ir del living a la pieza, dice que van a venir unos vecinos para una reunión sobre cuestiones de la medianera. Medio dormido camino hasta la cama de la pieza, la matrimonial que ya no se usa y me tiro en ella. No me importa la bendita reunión, yo pago todas las facturas que llegan a esta dirección y la que expende el supermercado, después que se arreglen ellos con esos temas y me avisen cuánto cuesta lo arreglado. Como caigo me duermo, de vuelta.
Es otro domingo igual al anterior, una densidad de hastío insoportable. Debe ser que los domingos de los solitarios son así por naturaleza.
Me levanto, por fin, a las cinco de la tarde. No hay sol. No hay fútbol. Pienso en ir al cine, me arrepiento. Pienso en ir al casino, no tengo qué apostar. Pienso en ir a la estación de servicio a tomar una gaseosa y leer al Dante, eso puede ser. Primero tengo que devolver las películas que alquilé el sábado, llevo la del boxeador y la de los nazis y las tiro en el buzón (qué buen invento eso, uno se libera de tener que verle la cara al idiota que te recomienda películas). Camino hasta la casa del pelado para ver si está, me había dicho que por ahí pasaba. No está, sigo de largo y llego a la YPF. Entro y me empiezo a cagar de frío por el puto aire acondicionado. Salgo y me cruzo a la estación Sol que está enfrente. Me siento y espero que me atiendan, pero la empleada me gesticula que me sirva solo que después me cobra, mientras habla por teléfono con una amiga.
Así estoy un buen rato hasta terminar con el purgatorio de Alighieri. Dejo el señalador marcando el paraíso y salgo a lo que queda del día. Me imagino la noche y se me arruga la cara: partido de verano, películas de verano, y yo sin sueño. Mañana me voy a tener que pastillar para poder trabajar.
viernes, 9 de enero de 2009
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