viernes, 9 de enero de 2009

VENTICINCO

Estalló el polvorín en el trabajo. Uno fue juntando toda la bronca y la soltó toda junta hoy cuando arrancaba la hora del peor agite. Se dijeron cosas, se insultaron santos, se bastardearon justicias, se quedaron un par con cara de burro hasta la hora de irse. Nada va a cambiar, solamente sirve para que el pendejo haga desahogo y su compinche, el Chavón churro, se fume uno a la salida como protesta ante el mal día laboral.
Es curiosa esa atmósfera de liviandad que flota en el aire después de un encontronazo de altos tonos. Es como que se baja la tensión y queda todo en una tenue luz que acaricia el ánimo, y lo sosiega, y lo droga, hasta dejarlo como en una ensoñación pacífica. De repente parece que está todo bien. Parece nomás, algún otro martes saltarán otra vez los tapones.

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