Caminaba por la calle sin saber dónde ir, dudando entre entrar en un bar a tomar un café o seguir hasta encontrar otro bar más delante. Y de repente, en la espera de un semáforo, me agarró una certeza del huevo derecho y no me quería soltar hasta que chiflara. Me dijo: “El mundo se va al carajo, la naturaleza se va a la mierda, y no el asunto de los pajaritos y las flores para el poeta enamorado, el aire que se respira se va, el agua está en veremos, el clima se retoba en catástrofes de esas que los idiotas llaman naturales. Y, mi viejo, esto ya no es, como era antes, como fue siempre, cosa de los otros, de los hijos de nuestros hijos, el barco se hunde con ustedes y sus neuronas racionales.”.
Se fue. Me quedé con un testículo inflado, tirado en el cordón de Cucha Cucha, masticando la realidad inminente. Es cierto, esta vez al descenso nos vamos nosotros, no el plantel que viene. Y yo espero llegar con vida al tiempo final. Así le puedo ver la cara a todos los que hoy posponen las medidas necesarias para proteger el boliche; en ese día estará bueno morirse irremediablemente junto al directorio de Procter & Gamble, ellos con el Banco Mundial, el FMI y la ONU en el bolsillo. Yo con dos pesos con treinta centavos en la riñonera.
viernes, 9 de enero de 2009
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