La gente es estúpida, soberbia, arrogante, pedante, altanera, irrespetuosa, muchos son feos, y los más, sucios. Lo sé yo que fumigo y desinfecto el edifico verde de la avenida Irigoyen, al lado de la municipalidad, en la inmunda Lanus.
Claro que hay excepciones. El gordo que, sin reparos, me atiende en calzoncillos mientras la esposa, joven y linda, da clases de no sé qué materia a sus alumnos, en la cocina. Ese tipo es macanudo. Además de caradura y desvergonzado (no es un insulto como creen todos). También está la señora rubia, que aprovecha mi llegada para largar toda la charla juntada en sus horas de soledad y aburrimiento. Habla de cualquier cosa, es una necesidad urgente que me comente que viajó a Glew a visitar a una amiga, o que
el boleto de colectivo es más barato que muchas cosas. Para su desgracia mi estadía es tan efímera como el peso de sus palabras en mi memoria, del lavadero al baño ya me olvidé que me dijo.
En el piso primero, en las puertas con inscripciones de bienvenidas efusivas, vive una voz femenina muy sensual y muy tajante: “No fumigo, gracias”.
Una gran cantidad piensa que puede tardar una hora en atenderme, que se joda el vecino que está esperando para poder irse. Otros tantos se atribuyen la mal educada idea de que no tienen que contestarme los llamados, aunque estén despiertos y yo los escuche moverse entre las sillas y las mesas. Algunos creen que yo puedo volver más tarde, cuando ellos estén con ánimo de abrirme la puerta. Esta es la parte de mi introducción que dice estúpidos, soberbios, etc.
El portero (perdón, encargado) es una paciencia vestida del gris conjunto de faena. Tiene cara de estar cansado de esperar algo que no llega, siempre se sonríe, Vigila el hall de entrada y la vereda de la avenida. Me ve llegar y apenas si dice buen día, es muy poca la relación que tenemos, demasiada rutina mensual. Le pregunto todos los meses si puedo dejar mis bártulos en el sótano, me dice que sí todos los meses. Cuando termino le pido mis cosas y le digo nos vemos. Asiente, dice chau por lo bajo. Ahí se murió durante treinta días ese extra de mi vida.
No es una ocupación que me guste. Me jode bastante. Pero es una gauchada a mi cuñado, al cual parece joderle más que a mí. El negocio de matar cucarachas es de él, el tarro es de él, el edificio lo consiguió él, la cara la pongo yo. Me paga un sueldo por cada vez que voy a lidiar con los propietarios de las pajareras del siglo XXI. Yo voy, hago todo el descenso de desinfección y me alegro de que falte un mes para tener que volver. Espero fervientemente que esto de tener que ir a ese lugar se termine alguno de estos días. Por ahora no tengo el valor ni la voluntad férrea para decirle a mi cuñado que no piso nunca más el puto edificio verde.
viernes, 9 de enero de 2009
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