viernes, 9 de enero de 2009

VEINTE

Ahora es martes y estoy en Brasilia. Los muy conocedores de la apretujada Buenos Aires sabrán dónde estoy.
No voy a hablar del trabajo de hoy, fue duro. Primero quiero hacer una pregunta que fue retórica en mi idea original pero espero que ustedes le den su respuesta íntima y desinteresada de todo juzgamiento. ¿Por qué le damos propina al mozo y no cedemos ni un centavo a la niña que viene a ofrecer un almanaque mesa por mesa? ¿Por qué lo hace este turista adinerado que hojea un diario en la mesa frente a mí? ¿Será porque somos inocentemente perversos?, ¿será porque somos cobardes?, ¿será porque duele más dar ese centavo a la criatura andrajosa que cinco pesos al mozo?, ¿o finalmente será porque somos unos hijos de puta moldeados en el estilo era postmoderna? Yo juro que no soy ese idiota, y sin embargo le doy más al que me sirve un café y se gana el sueldo, que a la que me ruega sin mirarme y se pierde en la rutina más repugnante. No sé si lo he dicho en alguna línea anterior (me olvido lo que escribo, así de simple es), pero el mundo que me toca vivir me da ganas de vomitar. Yo no hago nada por cambiarlo, estoy indiferente ante la miseria, ante la injusticia, ante la decadencia del ser. Porque escribo mis quejas no me den elogios, porque relato una imagen nefasta en alguna revista de mala muerte no merezco la exoneración, ni yo ni todos esos imbéciles que sí creen que hacen la gran revolución ideológica cuando gastan tinta al pedo. Tampoco porque, en una charla entre varios, enumere los defectos que nos llevan a la inmundicia moral tengo ganado el lugar de los justos y misericordiosos. Decir no es hacer, idiotas, intelectuales de mierda, adoradores del verso pilatiano. Hacer es golpear a los hijos de una grandísima puta, no en la conciencia, en la cara sangrante y cortada. La justicia por mano propia es mala pero ¿existe otro tipo de justicia? Que sirva, no.

No hay comentarios: