viernes, 9 de enero de 2009

DIECINUEVE

No soy un escritor. Para ser escritor hay que comerciar escritos, hay que pensar en ganar algo de plata, hay que imaginar un cliente y darle su mundo preferido. Me chupa un huevo el cliente. Para ser escritor hay que tener lectores, fieles y de los otros, y también un editor, o una editorial, o un imprentero amigo. Me chupan un huevo los lectores y los editores, los imprenteros me pueden llegar a caer bien. Sobre todo si se dedican a hacer formularios de AFIP y ese tipo de cosas. Yo soy mi artista. Pero cuidado que eso es casi un insulto, porque mi artista es un despreocupado, un vago de la vida, un sujeto que duerme colgado. Mi artista pierde el tiempo sin el menor remordimiento, sin un poco de culpa siquiera. Se sabe inútil y no le importa, se piensa ignorado y así se define ante la historia; no busca gloria (alguna Gloria de vagina hirsuta puede ser), ni fama, ni oro, de seguro busca el favor de alguna mujer y el elogio de algún amigo cercano, es todo. No es artista por el resultado sino por la predisposición permanente a saciar sus placeres a pesar del entorno, de sus burlas y recriminaciones, de sus golpes y degradaciones.
También he de decir que la dispersión es un quiste en mi artista. Hay alguien que pinta óleo sin saber qué quiere comunicar, ni a quién, ni cuándo.
Otro escribe lo que pasa a su alrededor y en su interior, sin orden ni estructura, sin plan, con indiferente placer por su mano escribiente. Aquel que toca música para ahuyentar el tedio de la tarde, o la somnolencia de la madrugada del sábado. No hay brújula posible de ayudar a mi artista. Porque no está perdido sino que no tiene lugar donde querer ir.
Finalmente lo digo: el arte no es convertible a dólares estadounidenses. Eso se llamaría de otra manera. Podrían ser pintores, escritores, músicos, coreutas…Nosotros somos pobres, ruines, ocultos.

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