Se me agota el tiempo y no voy a llegar a ser ese sujeto que todos esperan que sea. Que abrace el sagrado matrimonio y eche sus hijos a rodar por nuevas vidas; que tenga todo un imperio de seguridades que lo nombren como un buen espécimen; que pueda mirar el porvenir con mirada confiada; que no le deje el menor resquicio al posible sobresalto material.
Estoy sentado en un bar precioso y burgués, y miro, a mi alrededor, un millón de proyectos, y sin embargo son todos iguales. La gente es toda igual. Los hombres son todos iguales. Las mujeres son todas aburridamente iguales, y ellas, además, previsibles. Hasta los niños ya son todos iguales, cosa imposible en los tiempos en que nosotros éramos niños.
Por la calle Rivadavia pasa la terrible cotidianidad de nuestra era, y envuelve y asfixia a quien no esté sumergido en ella. A mí solo, creo. Al menos en esta tarde de viernes, víspera de lo mismo que el viernes pasado, y que el anterior, y que todos los próximos viernes de la próxima existencia.
Tendría que irme a estudiar pero no tengo ganas. Sé que lo voy a terminar haciendo igual. ¡Qué inútiles son mis intentos de estudio!, y no digo acá y ahora, sino el concepto más general, el hecho de ir a la facultad. En realidad es otro de los microchips que tengo instalado en el cerebro, y dice que ya es tarde para seguir probando con eso de la universidad. Ir a la facultad está bien hasta los veinticinco, veintiséis cuanto más. Después ya es perdida de tiempo, proyecto contra natura, pelea de burro empacado.
En la facultad están todos apurados por recibirse, por tener el título, por ser alguien (antes del diploma no se consigue esa gracia). Van muchos años a sacarse de encima materias: estudiar y aprender, si queda tiempo. La cultura es lo de menos. Nadie en estos tiempos estudia porque quiere obtener conocimientos a secas; seguridades se buscan. ¿Cuáles?, que alguien les va a decir doctor, que alguien va a quererlos como novios o novias, que alguien va a apoyarlos, que alguien va a respetarlos. Porque el respeto es cosa solo para graduados universidades, más todavía si es con algún postgrado.
Tengo que estudiar, decía, y no tengo ganas. Hoy no tengo ganas, pero sé que quiero estudiar. Mi problema es que lo quiero por el hecho de aprender cosas nomás. Y así no sirve, soy un fracaso para la normalidad de la sociedad.
Ahora me voy al cine. Ya saqué la entrada, después veo lo de estudiar. Voy a ver una porquería de la última moda, para qué dar el título, de esas que está de onda ver: basura consumista, pasatista, pieza funcional del todo sincronizado e imaginado por Malinovsky y Levi Strauss.
Llamo al mozo. Viene con su cara de fastidio por la vida torpe que lleva, y de la cual no va a salir sino con su último suspiro. Sin embargo está de acuerdo con cómo deben ser las cosas y su orden, lo cual me remite a la notable idea de hegemonía y consenso de Antonio Gramsci. Le pago. Me voy.
jueves, 8 de enero de 2009
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