jueves, 8 de enero de 2009

DOS

Tal como lo esperaba la película fue un pasatiempo de idioteces. Digna de ser presentada en este hermoso edificio de limpieza sin igual, con miles de turistas de su propia ciudad, que salieron de sus casas impecables para meterse en la flor de la existencia y la felicidad: los complejos de cines, mitad galería mitad shoping mall.
En la oscuridad de la sala mi bolso fosforescente fue la delicia del murmullo general. No es cool, no es adecuado, es criticable. Todo lo mío lo es por estos días.
A mi no me importa nada lo que digan. Es una virtud, ¿o es un defecto? Un resultado del choque diario con las masas amaestradas por la vida moderna.
Ahora camino por enfrente del parque Rivadavia, que lo enrejaron todo para que las sombras nocturnas no se juntasen a consumir drogas. Y así quedaron todo el verde, la vida del pobre laucha, y el monumento que está en medio, presos al aire libre. Eso sí, las señoras de lindos vestidos y vida inútil pueden dormir tranquilas en sus casas aledañas.
En el parque, antes del perímetro diseñado por los carceleros municipales, no pasaba nada que no hicieran los nietos de las señoras bien. Claro que el Agustín se snifa en un caserón alquilado en buena plata por sus amigos de la escuela, entre luces de extasiados multicolores, vasos de alcohol fino (no de calidad sino de botiquín), y música rave zombie. No se sabe quién se empastilla más, si la nona o el nieto preferido.
Ya llego a la parada del colectivo que vuelve al sur. Va a tardar porque es muy choto y de frecuencia pobre, y mucho más a las doce de la noche. Mejor. Tengo tiempo para el placer de libre pensar, cosa que quedó para pocos aunque la gran mayoría cree que lo hace a diario. Divago por temas de literatura y música, pienso en alguna chica desnuda y llamándome, imagino a otras mujeres teniendo sexo con otros hombres. Ahora siento fútbol. Vuelvo a la facultad y a las clases que no asistí por vago, a la docente que no soporto, a los pasillos atestados de políticos aficionados, cubiertos de papeles y maquinaria inservible. Otra vez estoy en la fría noche de Caballito. Viene el ciento doce y lo tomo, me siento en un lugar para dos pero estoy solo. Me duermo.
Cuando llego a la plaza donde termina el trayecto también me descubro, al despertarme, solo.

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