El bar estaba atestado de gente. No entré. Caminé por Defensa, después por Independencia, agarré de nuevo Defensa y salí a la Plaza de Mayo. Eran las doce y media del nuevo día sábado, o cero treinta digamos. La pirámide de Mayo estaba casi sola, el lugar era atravesado en todas direcciones por diez u once personas desveladas. Yo diría que iban al encuentro de su destino ingrato, pero más bien se dirigían a alguna cita o reunión con amigos. Eso es lo que se hace el viernes a la noche después de pasados los treinta años, y yo intuí que todos tenían más de treinta. Los más jóvenes también pueden tener citas y juntarse con amigos, pero si lo hacen es en otro tenor de contexto. No van a rememorar nada, van a consumir el momento con fruición propia de quien no se ha puesto a pensar todavía.
Yo crucé hacia el Cabildo Cerrado. Más cerrado que culo de muñeca. Disfruté mi paseo bajo las blancas luces de los faroles que iluminan la plaza, me encanta la forma que toman los lugares públicos ultrajados durante el día cuando llega la noche. Si no hubiese estado tan metido en mi monólogo con el aire habría parado un rato a observar esa vida maravillosa de después de las veintitrés.
Entré por Avenida de Mayo a la ciudad más hermosa del mundo. A la Buenos Aires de mis días. A la orbe más asesina que puede nacer todas las jornadas, a la miseria mejor llevada de América toda.
No hay nadie cuando voy llegando a la 9 de Julio. La metrópoli es cada vez menos turística y hay tufo a cotidianidad y cansancio. Cruzo el río de coches y me paro en la esquina de Rivadavia, hay unos motoqueros fumando yerba en la plazoleta de enfrente. Son esos que se quedan después de trabajar, tirados en el pasto, parados en círculo, cerveza en mano, haciendo nada. Hablan de fútbol , mujeres, música, peligro, adicciones, y no paran de orinar el árbol más próximo. Las motos esperan como caballos obedientes al costado del concilio de pelilargos de casco en antebrazo; las hay de todo tipo: choperas, de carrera, cross, de raza, de calle, de sacrificio en las cuotas, de ocasión…Hasta conviven pacíficamente con las bicicletas de aquellos miembros más humildes de la tribu de las dos ruedas. Que, a pesar de su pobreza, son aceptados por ir con dos ruedas aunque sea pedaleando.
En la puerta de la parada hay un kiosco custodiado por un policía. Está siempre abierto y atiende muy bien. Lo sé por la cara del que atiende, que es cara de ser muy amable. Porque la verdad es que nunca compré nada de nada.
El cana custodia el negocio en medio de ensoñaciones de poeta de mala muerte. Debe tener un arreglo porque el dueño no para de vender bebidas alcohólicas a quien le pida, aun menores y mujeres chetas. Si alguien intenta robar este kiosco es un idiota, no hay nada que intentar, hay que ir y robarlo. Nada puede ser más fácil.
El bondi al fin viene. Me subo y cuando voy a poner las monedas descubro que una es falsa, muy falsa. No tengo otra, así que pido disculpas a los pasajeros y solicito lo que falta para el boleto. Nadie me mira, algunos duermen, otros van sentados arriba de su pareja excitándose mutuamente sin darme importancia. Un tipo grande me tira la mano con una plateada de veinticinco centavos. La que hace que los números rojos del visor parpadeen en la expendedora automática y me escupa el rectángulo diminuto. Le digo gracias pero el hombre ni me presta atención, sigue escrutando el cordón de la vereda, o las casas que pasan, o la zanja que se agranda y se achica mil veces. Vaya a saber qué mundo tiene entre ojos.
Otra vez me quedé dormido en el viaje. Como siempre, bah. Me despertó el colectivero, que tiene que venir a tocarme porque estaba desmayado dándole cabezazos a la ventanilla en cada pozo.
Me bajo y ya llegué a casa. La casa de mis viejos, yo no tengo casa. Escucho música con auriculares y pienso en la idiotez que hice al ir hasta San Telmo al divino pedo. Sin determinación no pasa nada, por eso no la vi, por eso no gané nada. Es más, cuando empieza a amanecer, pienso que perdí lo poco que ya tenía en molino a las siete de la tarde.
jueves, 8 de enero de 2009
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