No son cucarachas grandes, son chiquitas y no tienen ese aspecto desagradable que comúnmente tienen esos bichos asquerosos. Me invadieron la cocina hace un mes. No logro sacarlas con nada, les tiré de todo y no hay manera de eliminarlas. La verdad es que empiezo a sentir más admiración que odio por esa aptitud para la supervivencia.
De día no están a la vista. Se ocultan en las hendijas, entre las cacerolas que jamás uso, adentro de la peperina. Ahora, cuando voy y prendo la luz a las tres de la madrugada no hay menos de cincuenta o sesenta. Huyen en todas direcciones. Al principio me desesperaba tratando de matar la mayor cantidad posible. Agarraba algo plano y aplastaba frenéticamente contra el mármol. Después opté por los repasadores, y ahí alcanzaba unas cuantas más. Ahora me las quedo mirando. Los bichos igual corren desesperados, por instinto saben que el hombre es abominable, por las dudas hacen sus escapes vertiginosos.
En algún momento lavaba todo antes de usarlo. Pero un día vi salir una de las más chiquitas del agujero de la canilla. Ya no lavo, ya no las corro, ya no me importan. Si se quieren quedar que se queden. Ya se van a cansar de mí, a todas les pasa.
En este momento va caminando una muy diminuta por el borde de mi mesada rumbo a mis fósforos. No los quiere, sigue de largo y se para en una vainilla, tampoco le gusta. Ahora se para arriba de la hornalla que está prendida y se inmola. Qué pena. Evidentemente era tan chiquita que no tenía espacio ni para instinto la pobre.
Apago la luz y me voy. Encaro para el bar que está abierto las veinticuatro horas, en la avenida Irigoyen. Siempre hay gente a quien mirar. Son las cuatro de la madrugada.
jueves, 8 de enero de 2009
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