viernes, 9 de enero de 2009

TREINTA Y UNO

Es domingo de cancha, juega el equipo que persigo desde mi infancia, y llueve incesantemente desde las tres de la madrugada. Se puede decir que empecé a anotar éstas líneas el día de ayer entonces.
Espero que el agua juntada en el pasto no haga suspender el clásico. No habría qué hacer con esta tarde.
A mi me gustan los días como este. Gris, húmedo, tenue. Una imitación a la lectura, al sosiego, a la búsqueda del ocio más inhabitual. Algunos escogen una película, otros machacan el control remoto con mil pulsaciones, yo salgo en medio de la llovizna y me meto en el bar de la estación de servicio. Miro los diarios brevemente y paso a la lectura de algún libro, luego escribo mi pensamiento en un cuaderno cuadriculado. Medito mi trazo, mira la avenida, y luego muevo la mano derecha. Así me sale la acción de escribir, como vómitos, espasmos, iluminaciones.
La gente entra, vive un rato en las mesas empotradas en el piso, y se va. Son fugaces compañeros de mañana. Solo un tipo como yo puede sentir algo parecido a la nostalgia por ver pasar gente por las mesas de un bar.
Una señora rubia, mayor, cincuenta y tantos, se queja de falta de aire en el local. De pesadez. Lo comparte con la empleada, que, atenta, abre las ventanas. Ahora corre un viento por todo el salón que despeina y corre las páginas de los suplementos. Otro cliente del negocio se queja de que se les fue la mano al abrir todas las ventanas, pregunta si puede cerrar algunas. La empleada, atenta, le dice que sí, que cierre la que quiera. Entonces el hombre se para y cierra la que está detrás de mí. Ahora, parece, que el lugar llegó a su estado ideal. Del otro lado dos clientes más, hombres mayores, no se enteraron de las pujas por el aire del lugar.
El ruido mayoritario es el de los coches que pasan por la avenida. De fondo, el choque de vasos, cucharitas de café, Shakira, tazas contra platos. Los neumáticos que al girar sobre el pavimento mojado hacen la acción de pedir silencio. A la bisagra de la puerta le falta aceite. Más a lo lejos el tren Roca.
Un Dodge Polara amarillo furioso para a cargar nafta. ¡Qué buen auto! Sale orgulloso y ancho a competir con tanto cero kilómetro de plástico. En la corta pierde, en la larga también, pero a unos cuantos nos gusta más esa derrota que la victoria de la compra racional y moderna del último modelo.
Sigue lloviendo. Garúa. Que palabra al pedo: llueve fino y listo. O apenas llueve, o llovizna, o llueve poco.
Ahora aparece una resolana que amenaza con mejorar el día. Se transforma en sol. Débil, timorato, huidizo a la menor brisa estilo otoñal. Ya hay charcos como lagos, en las veredas, en las calles, mucha anegación debe haberse instalado en los caminos de tierra de Bosques, de Dante Ardigo, de Ranelagh. Habrá evacuados a hospitales y salitas de barrio pobre. Espero que no haya el muerto que nunca falta. ¿Está mal esperar que solo sea ese? Es un signo de derrota patria, sin dudas.
Una moto vuela por el asfalto aguado de Lanus, y yo pienso que está completamente loco quien la maneja. Parece que tiene una cita con la guadaña en Lomas de Zamora dentro de diez minutos. Puede que se crucen antes.
El señor que se quejó del exceso de ventanas abiertas atiende el llamado en su teléfono móvil. Es un tipo grande, será poco menor que mi viejo, y mi viejo no sabe ni cómo se agarra el marcapasos de la sociedad argentina. ¿En qué parte se perdió mi tata el arribo del siglo XXI? Mi vieja podría darse maña pero no quiere saber nada con eso. Así le dice ella: “Eso”. “IT”. Yo, un poco me detesto por tener uno de esos. Es de los más baratos, de los menos brillantes, pero igual me deja un poco de vergüenza en el idealismo de la batalla contra el consumismo burgués-inútil-adiestrado-esclavizante, generador de miseria planetaria tercer mundista.
Me detesto un poco.

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