viernes, 9 de enero de 2009

TREINTA Y DOS

“Te vengo a buscar acá para no encontrarte en algo peor”.
Es uno más de los tantos jueves de trampa que apasionan al personaje X y a su amigo P. Hace un año que salen todos los jueves sin llegar nunca tarde al trabajo del viernes; claro que la caravana empieza y termina sin pegar un ojo. Se sostiene con alcohol, con tabaco, con adrenalina, con alto volumen, con el efecto Bosque.
Camino a La Plata, entrando por el sendero rupestre que va al fondo de una doble hilera de árboles vigilantes. Para ver hay que ir con los faros encendidos, no es apropiado ir a pie, es decir, en colectivo. Aunque para ir a bailar el jueves es inapropiado para casi todo el mundo, y por eso esos días arden los tugurios y los bares de toda la noche.
Así se llega. Llegaron. La pareja de huidizos.
“Te vengo a buscar acá para no encontrarte en algo peor”.
Cuarteto. Era la época del ritmo cordobés. Casi toda la gente grande deambula por las pistas y los recovecos. Las barras están completas pero cómodas. El tipo X agarra la mano de cuanta mina pasa. Ni una Claudia, ni una Adriana, ni una Mónica le dan bola. El tipo P juega más despacio pero entiende el juego. Mientras beben displicentemente charlan de la vida en la noche, de los excesos bienaventurados que conocen como a un íntimo.
Ya se lanzan a la caza. Y cazan. Sin ser grandes casanovas, no hace falta, es ese día y lugar donde cazar y ser cazado es la norma. Se manosean con dos mujeres de virtudes fáciles y cuerpos regulares. La idea es sacar un teléfono para más luego sacar un paseo al telo más oscuro.
En un rincón siniestro hacen su costumbre. Y ahí llega la mujer de P, se planta frente a su marido, y, buena, dice muy suelta de cuerpo: “Te vengo a buscar acá para no encontrarte en algo peor”. Se fueron juntos en el VW Polo del tipo P.
Así me lo contó mi amigo X.

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