Echaron tres empleados de mi trabajo por robar mercadería. Según la versión oficial los venían vigilando durante los últimos meses y finalmente los descubrieron con material de la empresa en sus bolsos y casilleros personales, sin ninguna factura de compra claro.
Uno a uno los citaron y les explicaron que los pateaban a la calle por ladrones, y además les sugirieron no quejarse por nada si no querían terminar en la justicia. Cosa que aceptaron sesudamente.
El gesto típico y reflejo de defensa universal fue acusar a un tercero. Pero estuvieron jodidos todo el tiempo, ya que la merca apareció en sus compartimentos y no en el de algún tercero. Se incriminaron unos a otros ilusamente, cuando los tres estaban hasta el culo antes de decir palabra de descargo. El contador de la empresa fue hasta el último que todavía mantenía su puesto de trabajo y le pidió que se retirara sin demoras, en ese preciso instante; y yo que pasaba por ahí pude contemplar la cara de poco amable del contador, y la expresión de yo no fui del echado.
Como siempre estoy donde no debo esta vez no fue la excepción. Se me ocurrió ir al baño justo cuando comprobaban el atraco. Me crucé con los dueños, que al verme entrar, me pidieron muy amablemente que abriera mi casillero. Fui por la llave y regresé junto al dueño en el baño, abrí el candado y demostré que yo no guardaba más que un buzo sucio de dos semanas y una remera dura con polvo vencido. Claro que eso no importó, lo bueno fue que yo quedé exonerado como correspondía. Nunca robé nada a nadie, sacando un chupetín topolino al kiosco de Pancho cuando tenía nueve años. El delito prescribió, y el viejo Pancho, laburador como no había otro, pasó a mejor vida.
El día, como se intuía, siguió, digamos, muy agitado. Paredes que hablan, pasillos con murmullos, análisis de los hechos, opiniones múltiples, pronósticos de reacción dirigente.
El trabajo fue mediano, nos acomodamos rápido a la falta de personal y seguimos para adelante. Hubo un par de enroques entre posiciones y pedidos de nuevo personal, cosa que será ultra meditada, claro está.
Uno que la llevó fea, aunque no le dieron el olivo, fue el seguridad de la puerta. Lo masacraron a recriminaciones sobre su falta de desempeño correcto, su trabajo deficiente, para hablar claro. Salió todo rojo y llorando de la oficina del Supremo, pero al menos conservó su mensualidad. A partir de ahora nos tiene que revisar los bolsillos al salir del trabajo.
El día pasó y terminé viendo una película en uno de los cines de Lavalle. Fui ahí porque los $7 de la entrada se ajustaba a mi presupuesto, que era de $7. Saqué la entrada, miré la zanja hasta que fue hora de entrar a la sala, vi el bodrio, y me volví a casa.
Hoy no fue un día de suerte, pero salí ileso. Y eso siempre es bueno cuando caen granadas en la trinchera.
viernes, 9 de enero de 2009
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