No estoy más en la revista El Mestizo.
Me cambiaron de lugar en el trabajo.
Volvieron las cucarachas a la cocina.
Me estoy volviendo obsesivo en algunas cosas, por ejemplo en la limpieza de mis manos. Me fastidia muchísimo tener las manos levemente sucias, y lo peor de todo es que dado el trabajo que hago es casi imposible tener las manos muy limpias. En este preciso momento estoy de bastante mal humor, y justamente por la tierrita que tengo debajo de la uña de mi dedo pulgar derecho. Lo miro y siento ganas de lavarlo con solvente, o aguarrás, o algo que saque esa costra asquerosa. El jabón común no funciona. Solo después de ducharme me quedan como yo quiero.
Primero dije que yo no escribo para la revista. Me harté de las idas y vueltas de la organización post fiesta; que plan esto, que plan aquello, basta. Yo quiero escribir, no pasarme el año en análisis organizacional. Se supone que salíamos en breve y resultó que se fue pasando día a día hasta que uno tiró la fecha para el año entrante, digamos marzo. Ahí se me fundió la lamparita guía, se me zafaron los troncos de la balsa y todo al carajo. Estamos en diciembre, marzo me queda muy distante. Mandé un correo electrónico avisando mi salida y a otra cosa.
Ahora saco pedidos en el sótano. Se supone que es un ascenso pero yo no veo gran cambio de responsabilidades. En vez de burrear arriba envolviendo paquetes, lo hago abajo seleccionando la mercadería y juntándola en cajas. Pero igual parece que tiene otra categoría. Sanata de los dueños. Sobre todo porque de más plata ni hablar.
Los primeros días no doy pie con bola. Pero debe ser normal, si en un mes sigo igual es que no sirvo para el asunto. Hay un millón de piezas de automóvil y hay que saber dónde están exactamente, sin errarle, sino se pierde mucho tiempo. Además hay que saber hacer las cajas bien justas de peso para que los que controlan no se quejen de tener que levantar mucho peso.
Ahora saco pedidos. Sí que soy alguien importante en el diminuto mundo de mi trabajo.
Debe ser el calor pero las cucarachas regresaron a ocupar las alacenas, los estantes, y los pocillos de café. No son la multitud que eran en un principio pero igual son una buena colonia. Volvieron las corridas frenéticas de madrugada de visita sorpresa a la cocina. Son chiquitas, como las que estaban antes. Pero se la re aguantan, no hay veneno que las liquide por completo. A mi, en cambio, cada vez me intoxica más tirar la mierda que me da mi cuñado. Que dicho sea de paso no voy más a fumigar el edificio verde, ni ningún otro. Renuncié a esa odiosa tarea. Le dije a mi cuñado que no iba más, que estaba repodrido de la gente, de perder el sueño de los sábados por ir a matar bichos ajenos. No me calientan los que me invaden en casa, no me van a quitar el sueño los que atacan a los idiotas de un edificio cualquiera. Además, de tanto en tanto, el Rojo juega en el interior y yo viajo a verlo. No voy más. Es lo mejor que hice en los últimos cinco años: sacarme de encima ese tiempo perdido en rociar rejillas y lavaderos y baños.
Ni bien llegue a casa me refriego las manos con lo más pesado que tenga para limpiar el sarro de los azulejos del baño.
viernes, 9 de enero de 2009
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