viernes, 9 de enero de 2009

TREINTA Y CINCO

Hace media hora que está parada rascándose la cabeza en la vereda. Cada par de minutos mira para adentro sin observar nada, más bien como un acto de reflejo. No tiene facha de linyera, sí de un poco abandonada. Pero viste pasable, yo vestí así un montón de veces. Lo que nunca hice fue parecerme a una bruja. Tiene unos pelos largos y duros, grises como ceniza volcánica. La cara llena de arrugas, le calculo unos cincuenta años. Es bajita. Ahora, por primera vez, se detiene a mirarme a mí. No sé cómo me mira, qué piensa, qué conclusión saca. Ahora entra y se arrima a la barra, le habla al que atiende subiéndose al mostrador en puntas de pie. Sale y sigue pernoctando a pasos del cordón. Después le llevan un vaso con café cortado. Se lo toma despacio, mientras mira hacia la esquina fijamente. Habla sola. Se toca el pelo de bruja.
Entra un pibe que dice ser escritor y recorre las mesas mostrando su trabajo. Jamás haría eso. Nadie escucha al que se le acerca a hablarle cuando está en un bar. Así traiga el dato de qué número va a salir en el próximo sorteo de la nacional. Una persona recorriendo las mesas de un café es sospechosa de vagancia, de cómoda, de esquivar el trabajo yendo a manguear a los sitios públicos. Es un prejuicio erróneo por supuesto. Cuando sube al colectivo un tipo con una guitarra y una armónica sujetada al cuello la mayor parte de la gente lo mira con desprecio. Andá a laburar en vez de estar perdiendo el tiempo en los bondis, piensan muchos. ¿Quién les dijo que ese que subió con su guitarra no tiene un trabajo estable en sus otras horas?, ¿quién les dijo que ofrecer música por una retribución no es trabajar? El otro día pasé por la estación Agüero del subte “D” y vi a un pibe de veintitantos tocando el violín por monedas, con su funda como bolsa de recaudación. La gente pasaba y lo miraba con respeto, incluso se detenían a escucharlo un instante. ¿Qué pasa, ese no era un vago que perdía el tiempo?
No, era un artista callejero, tocaba un instrumento magno, no una plebeya guitarra. Cualquiera tiene una guitarra.
Es agotador ver el comportamiento de la gente, tratar de comprenderlo. Son todos idiotas. Estructurados. Esclavos del pensamiento enlatado para las grandes masas. Eso sí, son ganadores, adoradores del éxito en la vida. Y en el camino de ese éxito no figura razonar sin ataduras.
El señor E es un empresario de desempeño eficiente. Es dueño de una empresa de buen rendimiento económico y ascendentes aspiraciones. Todo lo controla en su negocio. Vela por sus acciones de comercio, por el descarrío de los torpes, traicioneros e inservibles empleados. Cuida su vida con esmero y dedicación empastilladas; come con cuidado porque la mitad de las cosas le caen mal al nervioso hígado. Viste traje sobrio. Siempre tiene la palabra que explica cualquier situación, aunque no conozca personalmente esa situación. Juega con una perinola que solo dice toma todo. El señor E es soberbio. Y yo diría por herencia, su padre ya era soberbio antes que él naciera. Es, se piensa, un ciudadano ejemplar. Lástima que evada impuestos vendiendo mercadería en negro, sin factura. Sobre todo teniendo en cuenta que la venta ilegal le permite tener suculentos beneficios, no es que vende en negro o cierra.
El señor E es un vampiro. Un mosquito. Una sanguijuela. Su prole es muy parecida a él. Todos buscan el mayor beneficio al menor interés de quienes le hacen ganar su dinero.
La bruja se fue. No la vi irse. Solo quedó el vaso vacío en el marco de la ventana abierta. En su lugar quedaron dos chavones que charlan animadamente, uno fuma en pipa. Está bueno el olor al tabaco en la pipa.
Si el señor E se cruza con el que toca el violín seguro que le arroja alguna chirola a la funda abierta. Si se cruza con el de la guitarra siente que le molestan con ruidos intrusos y sin permiso. Yo me cruzo regularmente con los tres, y dos me caen bien y uno no.

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