Cuántas veces escuché la expresión “un libro que me marcó es tal o cual...”. A mí el único libro que me marcó es la Sagrada Biblia, el antiguo testamento. Dos semanas tuve que hacerme baños de agua con sal en el pie izquierdo, hinchado por las mil páginas que se me cayeron encima del siniestro.
Déjenme de joder con ese snobismo de que la escritura marca, o deja un sello, o cambia la vida del lector. A mí los libros me entretienen, me divierten, y en algunos casos, me hacen pensar. Y eso está muy bien. Cualquiera de las tres variantes está muy bien. Sino las tres a la vez.
La gente que lee no es más inteligente que la que mira televisión. Ni es más culta tampoco. Tiene otra elección de cómo llenar su vida y punto. Basta de tanta soberbia y vanidad, basta de escritores que escriben para firmar ejemplares y ganar su futuro económico, basta de lectores que solo leen para que los demás sepan que leen. Bienvenidos los que narran historias que solo verá el polvo de un cajón de la cómoda, o los que devoran libros por placer narcisista, en la más completa soledad, sin testigos ni focos que iluminan estrellas. Libros que van a perderse en las mesitas de luz sin destino de exhibicionismo pedante. Visitados solo por un plumero de tanto en tanto.
Quiero la gente que hace lo que yo hago. Leer y escribir por amor al arte, sin fama, sin críticos, sin recibir otra cosa a cambio más que el saciar nuestro íntimo goce. Nadie verá nunca lo que escribo, nadie sabrá nunca sobre lo que leo. Somos mis hojas, las hojas de mis autores, y yo. Y si algunos autores derrochan egolatría, denuncio el pecado puertas adentro de mi conciencia.
Una vez, en la última feria del libro a la que asistí, me encontré en un stand donde un reconocido autor firmaba ejemplares de sus obras a quienes así lo quisieran. Cosa muy común en estas orgías intelectuales que son los eventos del libro, verdaderos santuarios de la vanidad y la indiferencia ante el arte ajeno. Un muchacho se presentó ante ese autor X y además de pedirle una dedicatoria le convidó un ejemplar de su propia obra de escritor. Modesto, humilde, primordial. Simples hojas impresas por computadora, a simple faz. Una suerte de “me das tu libro y yo te ofrezco el mío”. Sin egoísmos, generoso, de escritor a escritor. El pibe no pudo ver cómo su autor favorito desechó su esmero y pasión a la basura, ni bien se alejó del stand. Claro, cómo iba él, el autor de la editorial grande, a leer a un joven desconocido, que vaya a saber qué pequeñeces tenía para decir. Con qué escaso estilo y con qué pobre prosa. Sin mérito en forma de anuncio corpóreo a la puerta de las librerías.
Eso vi la última vez que fui a ese inmundo lugar. Mejor me quedo en casa leyendo a los que ya murieron, y cuya soberbia ya no irrita. Los Rusos, Bukowski, Sully Prudhome...
Yo quiero escribir como Miguel Hernández. A la sombra, en el olvido, en la incertidumbre, porque sí, porque necesito hacerlo para seguir soportando mi infierno. Sin lectores, sin editores, a la vuelta de mis diez horas de trabajo de obrero, entre mi última esperanza y la que le sigue.
Son las cinco y veintitrés de la madrugada del domingo diez de septiembre. Más tarde juegan el Granate y mi querido Independiente. Más tarde habrá el campo en José Larralde. Ya con eso es un gran día.
jueves, 8 de enero de 2009
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