jueves, 8 de enero de 2009

DOCE

Hoy empezó el baile en la máquina de hacer plata, o sea en el lugar donde me gano el sustento. Eso intento.
Llegaron los grandes camiones con las cárceles de hierro que apresan los productos que hacen a la felicidad de todos: los compradores, los vendedores, y los que somos machacados, mental y físicamente, entre esos dos monstruos.
Llegaron amortiguadores, botadores, tricetas, y algunas cosas de esas más. Ni idea para qué sirven, aunque sí sé qué hace un amortiguador. El punto es que vinieron y empezaron a movilizar a la masa obrera hasta el cansancio total. Los del depósito bajan y acomodan; los del segundo depósito reacomodan lo acomodado por los primeros; la oficina prepara la papeleta que oficializará el intercambio; los pibes del sótano arman los pedidos hechos con fruición; y nosotros, los que envolvemos todo, metemos la felicidad en prolijos bultos, en lindas cajas, y lo mandamos a todo nuestra república bananera. Siempre cuidando que nuestra propia felicidad no vaya, por accidente, dentro de algún paquete que termina en Tartagal.
El día fue pasando lento y burlón, el frío parece no querer entender que estamos en el mes de la primavera. Y acá yo voy a defender al invierno, porque su fecha de expiración es el 21 de septiembre, a partir de allí solo le quedan diez días de posesión del mes a la primavera. Está claro, entonces, que mayormente el mes en cuestión es propiedad del invierno. El título de “mes de la primavera” es una usurpación ignominiosa y amparada por el grueso de la humanidad. Exijo que, o bien se le devuelva a mi cliente la potestad sobre los treinta días septembrinos, o se lo haga en compensación amo y señor del mes de junio. Porque nunca he escuchado aclamar a aquel mes como “el mes del invierno”.
Como decíamos ayer, hace un párrafo, el jornal se arrastró más que avanzar en las horas. El agotamiento fue invadiendo nuestras fachas, para las cinco de la tarde ya éramos espantapájaros asalariados a la espera de la hora de salida, cuando empieza a bajar el sol. Para colmo el que se fuma con asiduidad fue a reemplazar al chofer del reparto, y así quedamos en inferioridad numérica en nuestro partido contra la obligación laboral. Ganamos, pero, como todos los putos días, a fuerza de envejecer más a prisa que los empleados estatales de los juzgados, por citar un ejemplo de gente que trabaja menos de diez horas por día.
Ahora ya estoy en lo mío. En un bar, con mis libros y mis ideas, también con Peirce, con un pibe que entró a vender medias de algodón y da pena porque no es vendedor de alma, sino un desesperado. Si me sobrara una moneda le compraría un par, aunque tengo el ropero lleno de medias. Por suerte para su autoestima un tipo le compra. Yo le doy gracias por ese empujón al ánimo, lo hago en silencio, al borde de las lágrimas. Yo, que alguna vez intenté vender pastillas verdes en Pavón y Galicia. La vida pasa y te aplasta. Todos los días. Todo el tiempo, y a cada lado que mires. Basta para mí por hoy.

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