Entré y prendí luces de colores con aromas disímiles. Encendí un tubo fluorescente, vi todo ordenado sobre mi mesa, y lo apagué. La cosa era la cocina, ahí era la fiesta, esa que sigue con o sin mí.
Las cucarachitas de cotillón, copropietarias de mi mesada y de mi alacena, me saludan desde el mármol. Como gladiadoras bestiales me gritan: “Las que no vamos a morir te saludamos”. Y cumplen eh, hace meses que me patean el trasero (ahí me salió Jack Kerouac).
Tomo agua del expendedor plástico y me voy a dormir al living. No pego un ojo, le doy pataditas a la silla sentado en el sillón, hipnotizado por el yeso del techo, o la fórmica marrón del modular, o por una telaraña en el rincón del cielo raso. La tele habla sola. Los libros apilados en el porta discos compactos juntan polvo. ¡Cuánta inacción me domina en las madrugadas! Soy como una estrella, no hago más que estar por estar; peor, porque a mí no me presta su ensueño ningún enamorado, ningún camionero en la ruta, ningún pescador del amanecer.
Creo que finalmente me duermo. Debe ser así porque ya es la mañana que sigue cuando me seco la baba del cuello con la sábana. Si tuviera con quien sería un excelente momento para el sexo.
jueves, 8 de enero de 2009
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