jueves, 8 de enero de 2009

CINCO

Salgo al patio de la casa y respiro aire fresco. Dejo, por un rato, la gran nube de cigarrillos de toda laya que se puede ver claramente si se fija la vista en la luz blanca que barre la pista de baile. O más bien eso que pretende serlo. Mucho tabaco, algo de marihuana, nada muy pesado. Es gente normal.
El jardín, prisionero de dos hileras de paredes enanas, huele a flores humedecidas. Lo curioso es que no hay ni una flor, es un perímetro de pasto resecado por el sol de un día que no pareció ser de invierno. Una fila india de hormigas hace su transporte inútil: hojas de la enredadera que viene del terreno de al lado. No le hace buena propaganda a la naturaleza este pedazo de tierra con un verde en fuga. Pero es mejor que seguir sudando adentro.
Sin querer escucho una conversación entre dos pibes. Hablan de la guerra, de una guerra. O, ahora pienso, de las guerras en general. Parecen estar de acuerdo, esto por las caras de aprobación que pone uno cuando escucha a otro. Gesticulan al hablar, enfatizando su discurso, sus ojos vibran, las bocas abiertas parecen rugir el horror de lo tematizado. A veces sus ojos se cierran brevemente como trayendo a la charla el dolor que vive en la contienda bélica, los vasos que sujetan van y vienen como si fueran disparos en medio de la noche camboyana.
Definitivamente están de acuerdo. Han hecho un retrato de la bestialidad del siglo XX, y se confirman mutuamente que no tolerarán jamás la barbarie humana.
Me arrimo para ofrecer mi apoyo a su lucha ideológica, mi voto decisivo. Les digo que estoy, como ellos, en contra de toda guerra que el hombre desate contra el hombre. Me dicen que recordaban los estupendos efectos especiales, y la tan bien recreada realidad en Rescatando al soldado Ryan ; no se cansan de ver la escena inicial y la masacre que en ella se rememora. Dicen ellos.
En un patio en una casa de Balvanera descubro otro motivo más para que perviva la industria de la muerte.

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