jueves, 8 de enero de 2009

QUINCE

Hay vino, hay cerveza, hay gentes, hay marihuana, hay música de los ochenta y un poco de marcha. Mucha oscuridad y pisos de madera, vaciedad y sillas de plástico; hay grupos que charlan mientras juegan con los vasos descartables en su mano más hábil. Chicas lindas unas cuantas, varones hay más. Frivolidad, o peor, frivolidad pretendiendo ser compromiso actitudinal bohemio. Lo único vil entre estas paredes es el polvo que duerme entre las maderas del parqué.
Cuatro focos de colores y una de esas luces que son como flashes blancos intermitentes, veloces, histéricos. Me iluminan y me devuelven como un alma indecisa, temerosa, errante. Que es lo que soy en realidad.
Snob es la palabra. Ninguno de los habitantes de la farsa tocaría una seda si estuviera solo en casa, a las tres de la madrugada de un lunes.
Y entre todo ese arco iris en blanco y negro estoy yo, parado, con la vista puesta en el tedio que me mira desde el balcón. Al cual salgo para respirar la vida de Caballito. Yo, que quisiera estar en el bar más abyecto y sucio de la ciudad de Avellaneda, por ahí por donde está la estación de tren.
Saludo a la chica y me escapo a la avenida más larga del mundo, con dirección a la más ancha del mundo. Pasa un colectivo y me subo, me siento al lado de un homosexual, y lo prefiero a él devorándome con la mirada, antes que a la más linda de la fiesta de los veintitrés de la pelirroja.

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