La noche va pasando lenta y tranquila. Los coches pasan por la avenida dejando el zumbido que es tan propio de las rutas, cuando el viento choca contra el metal de los camiones. Acá en la ciudad el efecto es más corto.
Las mesas vacías se reflejan en el ventanal que da a las islas de combustible, la música del televisor suena para el deleite de las luces blancas y los platitos de café que esperan apilados y aburridos a que los pongan a trabajar. Adentro es un lugar que se presiente seguro, como un oasis entre tanta arena; afuera es quietud y sombras. Los amarillos focos de los corvos postes no pueden hacer nada al respecto. De tanto en tanto pasa un colectivo repleto de soledad, con el chofer y tres pasajeros que cabecean las ventanillas sucias.
El aire es tibio, por la época del año. Va muriendo el verano y el asfalto no quema. Es viernes de madrugada y es tan poca cosa este lugar que nadie pareciera querer entrar, por una taza de té, por unos cigarrillos, por la llave del baño. El playero surge de la oscuridad y llena el tanque de un peugeot 404, luego cobra y vuelve a no existir en la explanada desierta. El conductor acelera y se aleja rumbo al sur, más al sur todavía.
Gabriela limpia el piso y yo la miro mientras lo hace. Ella está habituada a la vida subterránea de mi ciudad. Tan colmada cuando día, con miles de ruidos que quiebran las paredes, con sus vecinos sacando la bolsa de Coto con desperdicios, otros haciendo compras, y los pendejos que roban en la escalinata, y la feria que ensucia aún más las calles, y un millón de colectivos escupiendo humo a la densidad del ambiente, y los supermercados, y el camión de la basura que trota las calles agrietadas, dejando las cáscaras de naranja como lluvia sobre el piso de brea.
Ahora todo eso no se ve. Todo lo que hay es la intuición de que volverá con su pesadez diaria, eterna, mugrienta. Esta es una ciudad sin sorpresas, donde cada jugador mueve sus fichas de acuerdo a lo dictado por la inercia. La partida es siempre la misma, con los mismos ganadores y perdedores, con la misma trágica determinación que le reservó la historia. Así es mi lugar.
La noche va pasando lenta y tranquila. Y es lo mejor que puede dar.
jueves, 8 de enero de 2009
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