Los dos pibes de adentro están espantadísimos. Y no es para menos, hay treinta tipos afuera que los quieren matar a palos, los corrieron cuatro cuadras desde el boliche bailable hasta esta estación de servicio en la que estoy yo. No sé qué habrá pasado pero los de afuera están enfurecidos, y no parecen tener una gota de alcohol encima.
El más pendejo de todos se arrima al vidrio de la estación, que es custodiado por un guardia de seguridad (típico viejo fracasado, derrotado, y humillado por el propio bastón negro que porta inútilmente), y le propone que salga a pelear mano a mano. El de adentro, uno de los dos, el que parece haber producido tanta bronca, lo mira temblando y le dice que no sale ni loco. Intuye, con mucha razón, que ni bien ponga su humanidad en la playa se la destruyen entre todos. Está colorado de tanto correr y blanco del cagazo. Parece una bandera de Estudiantes de La Plata.
Gabriela, que atiende el shop por las noches, llamó a la policía ante la inminencia de un ataque a piedrazos por parte de la banda que gesticula desde los surtidores de nafta. Llegó un patrullero y mira la escena desde una distancia prudente, de momento no interviene, ni para despejar el área ni para asegurar el boliche.
Y así pasa la noche. Los pibes de afuera, que como una banda de leones, acechan al mamut alejado de la manada. El cazador humano que contempla los acontecimientos entre la indiferencia y el divertimento propio de un ser que se siente superior.
Yo llegué de la reunión de la revista que se hizo en el centro, que como casi siempre fue muy infructífera, y que terminó en una excursión a una de las típicas fiestas de los caserones anónimos de Palermo viejo, donde corre la cerveza gratis, suena la música rave a todo volumen, vuelan las pastillas de éxtasis, y nadie conoce a nadie, ni nadie sabe quién pagó todo el desenfreno. La fiesta era en Laprida 1020. Puerta al fondo y cinco ambientes libres de mobiliario con el piso plagado de ropas, cuerpos y vómitos. Un tugurio amable y palpitante, pero para mí bastante aburrido.
Afuera. Adentro. No pasa nada, no hay piñas, me voy a dormir.
viernes, 9 de enero de 2009
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