Me acerco y miro la planilla que hojea el encargado de anunciar las salidas y las llegadas de los buses. Allí figuran todos los servicios al interior con su retraso y su posible hora de partida. El que tenía que salir 20:50hs., el mío, no aparece ni como preparando su salida. Finalmente, el muchacho toma la birome y anota la hora 21:30 al costado del horario primerizo de mi ómnibus. A esa hora sale mi visita a la tierra del vino.
El plan de viaje es dormir hasta las seis de la mañana y a partir de ahí ir viendo el paisaje de San Luis hasta el arco de Desaguadero, y allí lo que tenga para mostrar Mendoza hasta la llegada a la capital de la provincia.
El primer tramo es puro campo pampeano y cordobés, cosa que conozco y sé que no voy a aguantar despierto todo el viaje, ya que me levanté a las seis de la mañana para laburar. Entonces duermo lo familiar, disfruto lo novedoso.
¡Cómo me gusta la ruta! Viajar largos trayectos mirando pasar los campos y los pueblos, las gentes, las vacas, las soledades, la pobreza del interior. Apoyarme contra la ventana levemente y contemplar la vida distante del otro país, lejos de la gran ciudad y el vértigo de su ritmo. Recorrer distancias es inventariar simplezas. Sobre todo en Argentina. En otros países viajar es cambiar de histeria, en el nuestro es ver las arrugas en los pies del gigante, palpar la aspereza de unos cayos duros y laboriosos. Sueño despierto con hacer del entramado de rutas de este país una cinta de moebius, y yo en ella, vagando por entre los valles y los montes, los ríos y los lagos, las lagunas y los esteros, las quebradas, los desiertos, los edificios altos y el mar, y otra vez los valles.
En San Andrés de Giles paramos a cenar. Una porción de lomo con puré a cargo de la empresa de transporte, un faso para algunos y un poco de aire para otros. Yo me compro unas pastillas de miel para batallar una fastidiosa carraspera que me jode a mi y va a incomodar a los demás como que no la aplaque a tiempo. Durante la cena escuché los comentarios que sobre las obras en la construcción de la nueva línea de subte hizo un empleado del obrador de plaza Miserere. Le pregunté cuándo se planeaba la inauguración pero no lo sabía, me dijo que él se iba después de concluir su trabajo en ese tramo. Mi otro compañero de mesa debe haber dicho a qué se dedicaba pero yo no lo escuché. Ellos nunca supieron a qué iba yo a Mendoza.
En el micro hay un par de hinchas de Independiente que también van a ver el partido con el Tomba. Me llamó la atención la presencia de dos parejas que hablaban todo el tiempo en inglés; los varones eran claramente extranjeros, las mujeres me quedan mis dudas. ¿Mendocinas exiliadas en la otra América que sedujeron dos frívolos yanquis? : podía ser. A poco de salir del parador me quedé dormido. Según el plan y según mi cansancio también.
Lo que me dice que estoy en los pagos puntanos es un cartel que anuncia una agropecuaria de Villa Mercedes. Y eso es San Luis. El paisaje es poco atractivo, midiéndolo según el parámetro de la belleza natural. Es campo que sucede a campo que sigue después de una extensión de campo. Más delante se levantan unos grandes montes que se asemejan a las dos jorobas de un camello deforme, una más grande que la otra. Son masas de tierra gigantes, salpicadas de algún verde. La imagen es como un rebaño de diez ovejas enanas y un pastor como Goliat, al que le alcanza con la impetuosidad para mantener a sus vigilados junto a él. Un edificio pelado se ve a lo lejos, ha de ser el único construido en la ciudad que lo alaba como a un dios. No sé qué lugar será, intuyo que no San Luis capital, sería muy poco soberbio tener una cabecera de provincia con un solo edificio.
Pasan las horas y llegamos al río Desaguadero. Un arco es la puerta de la provincia de Mendoza, allí se anuncia a qué casa entramos y las virtudes de ésta: la tierra del vino, se nos aclara rápidamente. El lugar es como un oasis en medio del desierto, hay vida en cuarenta metros a los cuatro puntos cardinales, luego el rojizo marrón domina nuevamente el panorama. Hay unos coches viejos, unos camiones que descansan en la banquina mientras sus conductores duermen tras las cortinas cerradas, un perro que caza la misma mosca de todos los días, como dos papeles interpretados diariamente de acá hasta el fin del mundo, hay empleados de la gobernación que nos cachean el convoy mientras se rascan la rutina solitaria. El Desaguadero es una mancha marrón que está quieta, sin corriente que la lleve a ningún lado. Mira las faenas de los hombres y duerme junto al puente su siesta eterna. Nadie se ve pescando hasta donde llega la vista.
Ya no puedo ver ese paraje, avanzamos a velocidad y nos internamos en unos campos pelados que defraudan lo que yo esperaba hallar. La ruta es una raya derecha, sin toboganes, al borde del aburrimiento que mora más allá de la alambrada. Así será un gran tramo del recorrido mendocino. Después sí, los viñedos que justifican tanta fama, y los hombres, que arrodillados al sol de la mañana, hacen su trabajo con las uvas. Gente que no sabe nada más allá de su existencia, probablemente pobres y explotados, dorados por tanto resplandor, firmes en su empeño de honrar su destino quieto: los hacedores de eso que se conoce como la tierra del vino. Si pudiera bajaría un segundo de este viaje para mirarle la cara a la vida de mi país, la que es un índice estadístico en el lugar de donde vengo. Hasta que alguien se baja del caballo y le dice una palabra, entonces surge la gente de mi patria.
Atrás quedaron las vides y sus palos sujentado el futuro. Ya se ve la cordillera, la verde y la nevada. Todos parecen abrir los ojos y afirmar ahora sí estamos llegando a Mendoza, al lugar de los folletos y los carteles. Donde vinimos. Lo otro estaba en el camino, como un obstáculo para ser dormido. Al entrar en la terminal se pierden las montañas entre algunos inoportunos edificios, pero pronto se la puede ver otra vez, no tan distante como el horizonte que dejamos atrás, más cerca que su Aconcagua imponente. ¡Mendoza!, dice el chofer. Cosa que no hacía falta.
Me sorprendió la terminal de ómnibus, es bastante grande comparada con otras de ciudades más importantes y tradicionales. En el hall central me detuve a informarme en el mostrador del ente turístico de la provincia, allí me atendió un pibe que me mostró un plano de la ciudad y me dio un folleto con la totalidad de los lugares para ver y de las líneas de colectivos que la circulan. En tono claramente irónico comentó la errónea idea de que el fútbol no genera turismo. “Ya atendí a cuarenta personas que vinieron a ver el partido”, me dijo con gesto entre fastidioso y agradecido.
La verdad es que podría haber caminado hasta el centro, no son más de diez cuadras. Creo que por el vértigo que quería imprimirle a las horas que iba a estar en la ciudad me tomé un bondi por el corto recorrido. Me bajé en la avenida principal y caminé por ella hasta la peatonal mendocina. Por Remedios de Escalada de San Martín fui hasta Sarmiento. Muy impresionante el tamaño de la calle solo para peatones, casi una avenida peatonal. Debe ser como tres o cuatro veces el ancho de las Florida y Lavalle porteñas; también más grande que las rosarinas y la santafecina. Está muy bien pensada, porque fuera del espacio cedido a las mesas de los bares y confiterías, mantiene un importante carril para los paseantes, e incluso no incomodan la presencia de artistas callejeros que venden sus trabajos.
No vi un lugar tan limpio como su fama me lo había advertido. No es una roña total pero tenía sus papeles en el piso y sus cestos desbordados, al mejor estilo Corrientes y Callao. Durante largo rato no entendí las canaletas profundas que separa el cordón de las veredas de las veredas propiamente dichas, un mozo me explicó más tarde que éstas eran vitales para la época de deshielo. Era completamente razonable haberlo intuido, pero yo me olvidé de la vida invernal de esta ciudad a los pies de la cordillera.
Caminé una hora por los aledaños del centro y me fui a sacar la entrada para el partido. El lugar donde se levanta el estadio mundialista es el parque San Martín. Es una extensión natural extraordinaria, son cuadras y cuadras de vegetación frondosa. Cuando termina la avenida Civit empieza el parque, allí hay una puerta gigantesca de hierro por la que pasan los vehículos. Comienza la avenida El Libertador: un largo tramo de doble sentido con bosque a ambos lados. La cancha queda sobre esta avenida, justo enfrente de la facultad de medicina de la Universidad de Cuyo. Hasta este lugar solo llegan un par de colectivos. Lo que sigue es el Cerro de la Gloria que contiene el zoológico de la ciudad. Una masa verde que en la época del año de mi visita se asemeja a un enorme morro brasileño. Más allá, la propia cordillera, el Aconcagua, Chile.
Volví caminando por la avenida El Libertador, deshandando el camino que hiciera en colectivo. Mucha gente corriendo, muchos tomando mate, muchos mirando el sol y la tarde primaveral. Y muchos hinchas de Independiente que pasaban en sus coches rumbo al estadio, a comprar sus entradas, y vitoreaban al equipo al verme a mi con la camiseta roja.
De regreso al centro entré a almorzar en un bar en la calle Sarmiento. Lomo con puré, una gaseosa, y luego un té con limón. No tomo vino ( el parejero mantiado y yo no tengo cubija, diría Larralde).
Eduardo Galeano me acompañó hasta que me fui para el estadio. Úselo y tírelo es el nombre del libro crítico de los abusos del hombre sobre la naturaleza, una compilación de historias de dichos, posturas y discursos oficiales sobre la importancia de cuidar el medio ambiente y de talar el Amazonas. Siempre con la astucia y la bilis del uruguayo.
Compré una tarjeta de colectivo con tres viajes y me tomé el primer 03 ramal 112 que vino. Hasta el Malvinas Argentinas.
No quiero detenerme demasiado en el partido en sí. Y no por haber perdido, yo disfruto de ver a mi equipo en todo momento, en cualquier circunstancia, con cualquier resultado puesto. Incluso el 1-3 con el recién ascendido y pobre Godoy Cruz Antonio Tomba, que, hay que decirlo, ganó con total justicia, pese a los errores defensivos de los míos. Perdimos y listo. Seguimos apoyando, alentando, yendo.
Salí de la cancha triste por la derrota, acompañado por una multitud de paisanos del interior que vinieron a ver al equipo que siempre tienen a la distancia; no insultaron ante la frustración, silenciosos se fueron mascando su desilusión pero sé que felices por haber estado. Caminé por el bosque del parque San Martín y cuando llegaba a la avenida que salía a la ciudad corrí los últimos metros para no perder el colectivo que iba a paso lento por el embotellamiento. Después me di cuenta que había perdido, al correr, el libro de Galeano. Por lo que me quedé sin final.
Cuando llegué al centro la peatonal era una multitud de turistas paseando y comprando en los negocios, las mesas de los bares superpoblados, los vendedores y artistas ambulantes haciendo sus cosas entre los rumores y el tintineo de los cubiertos. Decidí irme para la terminal, pensé que allí habría una vida intensa y que podría quedarme hasta la hora de salida del ómnibus. Me equivoqué, el movimiento era importante pero se intuía su lento apaciguamiento después de la medianoche, luego este lugar sería un desierto de negocios cerrados, sin kioscos, sin locutorios, sin bares para trasnochar. Con algunas personas esperando su micro sentados en los bancos, seguro durmiendo sobre sus equipajes. Así vi el futuro de la terminal. Comí una cena simple y rápida en el bar que todavía estaba atendiendo y me volví para el centro de la ciudad.
La avenida principal poco a poco se fue despoblando, igual la calle Sarmiento y sus aledañas. La plaza Independencia quedó sola de paseantes, solo los colectivos siguieron su rutina de pasar semivacíos, atados para no escaparse. Hay varias líneas que funcionan a electricidad, y lo hacen abasteciéndose de un cable general que corre arriba de las calles, y al cual se une otro cable que baja desde cada colectivo.
Recalé en la estación de servicio del Automóvil Club Argentino que está abierta las 24hs. Me quedé un rato leyendo el libro que me compré, para el viaje, al llegar al centro desde la cancha. A falta de mejor lugar tuve que entrar a husmear las estanterías de libros de Musimundo, increíblemente las librerías todas estaban cerradas hacia las 20:30hs. De tanto en tanto sacó la vista de las páginas y contemplo la frivolidad de cuatro chicas rubias, lindas, coquetas, y más preocupadas por su imagen y los que las observan, que por lo que hablaban en su charla. Viajé tan lejos y la vanidad vino conmigo, y se sentó en esa mesa. Aunque de seguro también tiene acá un hábitat natural, como en todas partes.
Vuelvo a caminar por la principal y se me ocurre ir al cine. Averiguo dónde hay uno y allá voy, por suerte es a un par de cuadras. Es el cine Universidad y está solventado por la propia Universidad Cuyana, de otra forma no se explica las películas que tiene en cartel: tan poco “modernas” y “comerciales”. Dos filmes de los tildados cine arte, de la industria francesa e italiana. Somos nueve los que esperamos para entrar, pero resulta que no llegamos a los doce necesarios para autorizar la función. Por lo que se cancela y nos devuelven la plata de la entrada. Nos quedamos parados en la vereda, mirándonos unos a otros. Igual parece que la mayoría deben ser de acá porque no tienen mucha sorpresa por el mal trago, estarán más acostumbrados a este tipo de situación, supongo. En Buenos Aires es impensado no poder ver una película por falta de espectadores. Yo estoy un rato perplejo y meditabundo, buscando una idea de qué hacer hasta las seis de la mañana. Vuelvo a transitar la avenida Remedios de Escalada de San Martín viendo que opciones de acción hay, o más bien, cuáles van quedando. Ya casi ninguna, no queda mucha gente ni mucho que hacer. Vi un ciber que me rescató de la incertidumbre y me alojó durante dos horas.
A las cinco y media llego a la terminal y ya es otro el panorama. Se nota que hay regresos en masa, a Bs. As. pero también a Córdoba, a Santa Fe, y a otros puntos del interior. También a Chile. Abren los negocios y empieza el día domingo, que acá no parece ser tan de descanso. Los miles de turistas exigen una laboriosidad impropia de los lugares del Gran Buenos Aires, por ejemplo. Empiezan a llegar los micros que se van llenando rápidamente. Surgen todos los hinchas del Rojo que habían aguardado toda la noche en bares, hoteles, casa de amigos y parientes, y sé de un grupo que lo hizo en el casino. Las camisetas y todo el rojo mancha la terminal de Independiente de Avellaneda. Un conjunto de diez hinchas abordan el mismo servicio que yo. No nos hablamos pero nos miramos cómplices del viaje, del sentimiento, de la derrota que no tapa la pasión por ir a ver a nuestro cuadro. En todo el trayecto, que será largo y tedioso, irá cambiando la mueca torcida por el semblante de la esperanza, del sábado que viene y el rival que pagará estos platos rotos. Eso se espera, siempre lo hace el hincha.
Me duermo a poco de salir de la terminal y recién me despierto en Villa Mercedes, donde sube gente. Me vuelvo a dormir hasta la llegada a Río Cuarto donde descubro la calma dominical de la esbelta terminal riocuartense, y la sequía que domina el río, por donde caminan por su cauce un par de pobladores locales.
Ahora Venado Tuerto.
Ahora Pergamino. Donde está jugando Douglas Haig en el preciso momento en que salimos otra vez a la ruta.
Llegando a las diez de la noche aparece la furia de la autopista del oeste, el caos de mi ciudad, el inminente regreso.
Doce menos cuarto y camino por la calle 29 de Septiembre de Lanus. Entro a casa donde hay silencio de madrugada. Mañana a trabajar temprano.
viernes, 7 de mayo de 2010
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