En 1910 asumió la presidencia de la república Argentina el doctor Roque Saenz Peña, que dentro de la falange conservadora que venía dirigiendo los designios del país, era uno de sus representantes más modernistas. Y cuando hablamos de aquel modernismo como rasgo de una postura política, nos estamos refiriendo a la voluntad de ese sector de la oligarquía tradicional que comprendía la necesidad de impulsar mecanismos cabalmente democráticos para regir los destinos de la nación. Si hasta el mandato de Sáenz Peña hijo las triquiñuelas electorales, el voto de los muertos, y, principalmente, el patoterismo mafioso habían sido la condición latente para el desarrollo de un sistema democrático de entre casa, en el devenir de su gobierno fue que el radicalismo encontró las tan buscadas respuestas a su histórico pedido de normalidad constitucional y de transparencia política. Si bien se menciona a la ley de Sufragio Universal como lo que pone fin a las estratégicas abstenciones electorales radicales, habría que dar un importante crédito al compromiso político asumido por Sáenz Peña, el cual garantizaba la limpieza que la U.C.R reclamaba desde la Revolución del Parque.
El pueblo decidió (sin las ataduras del fraude, en todas sus posibles formas de materialización) que en 1916 Hipólito Irigoyen fuera presidente, pero Roque Sáenz Peña decidió que el pueblo decidiera. Y no es un detalle menor (dejado de lado por muchos fanáticos de la historia del surgimiento del liberalismo democrático y su partido impulsor y triunfante: la U.C.R).
La llegada de Irigoyen a la presidencia debía ser de sumo interés para el movimiento obrero; a quienes se les presentaba la posibilidad de solidificar las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores. Sin embargo los hechos iban a demostrar que habría que recorrer un gran trayecto todavía para que el brazo sindical pudiera empezar a estrecharse con los representantes gubernamentales, en una relación de mutua sesión y concesión. Porque el partido socialista rector continuaba caracterizando a la Unión Cívica Radical como un mero “alarido” popular sin gestos de partido orgánico, una nueva manifestación del artilugio estatista conservador para impedir la verdadera pugna: socialistas versus conservadores.
La represión “ejemplar” de 1919 es otro eslabón (puede que el más brutal) en la cadena de sindicalización espiritual del movimiento obrero que se había iniciado en los festejos del Centenario. No fue el movimiento obrero el derrotado en el apaleamiento de 1910, sino el sesgo anárquico imperante que éste incluía en sus filas; representantes del llamado universal a la revolución social antiestatista.
En los albores del periodo de entre guerra fue el momento de comenzar la transición que pondría las bases para entender las relaciones de poder en nuestro país a partir de la década del 40.
El humo de los disparos ya es un recuerdo más de los violentos episodios que vivió la semana pasada esta capital. Con una actividad laboral “normalizada” es momento de hacer memoria y balance del papel jugado por cada uno de los protagonistas de lo que alguien llamará dentro de algún tiempo: la Semana Trágica.
La fabrica metalúrgica Vasena e hijos, la federación Obrera Regional Argentina del noveno Congreso (F.O.R.A 9º), la federación Obrera Regional Argentina del quinto Congreso (F.O.R.A 5º), el Estado y sus instituciones de represión, la Liga Patriótica, y la movilización obrera espontánea. Todos estos serán los actores principales de un conflicto con inicios inscriptos en la superficie de la urgencia obrera de la época, pero larvado con demandas y reivindicaciones añejas y enclavadas en un contexto internacional.
La posición rígida de la empresa metalúrgica en cuanto a las condiciones laborales de sus empleados y la huelga encabezada por la F.O.R.A 5º (federación a la cual pertenece el sindicato metalúrgico) desde el mes de diciembre de 1918, chocarán para formar una inmensa bola de descontento clasista que sembrará de muertos las calles de Buenos Aires.
Entre los tantos pedidos reivindicatorios solicitados por los huelguistas se encontraban la reducción de la jornada laboral a las 8 horas; el aumento salarial; el pago de horas extras; la supresión del trabajo a destajo; y la reincorporación de trabajadores cesanteados por actividad gremial.
En respuesta a que se suman capataces al paro, la empresa recluta rompehuelgas. Esto lleva a la confrontación del día 6 de enero en el barrio de Pompeya, previa muerte de un agente de la policía el 4 del mismo mes. Dos días después del choque en aquel barrio las fuerzas policiales van a llevar adelante la “venganza” contra los obreros. Esta se hace en el momento en que los empleados en huelga intentan explicar a los choferes contratados por la empresa el mal que le hacen a los derechos del trabajador. Cuando los hombres “alquilados” por la Vasena ven acercarse a los huelguistas abren fuego (habían sido armados) y reciben a su vez el apoyo de la policía. El tiroteo duró dos horas y hubo cuatro muertos y cuarenta heridos.
Los reflejos del gobierno radical muestran que no tardó en buscar un compromiso de concordancia entre las partes; pide, a través del jefe de la policía, el doctor Denevi, y funcionarios de Trabajo, que Vasena atienda una comisión de huelguistas, y que acepte una serie de concesiones a los obreros. El empresario se niega rotundamente a tales pedidos oficiales y requiere mayor protección policial.
Ahora el gobierno de Irigoyen sabe que se encuentra en una situación delicada. El conflicto Vasena amenaza con hacerse general. Su diputado Oyhanarte declara responsables tanto al burgués Vasena como a los anarquistas que encabezan la F.O.R.A del Quinto Congreso. La figura de “agitadores armados” sirve para manifestar las simpatías del radicalismo por el sindicalismo imperante en la F.O.R.A del Noveno Congreso, rechazando entre líneas la dirección anarcosindicalista de la F.O.R.A 5º. Se evidencia la tendencia del Irigoyenismo a conciliar con quienes buscan conciliar, y a aplastar a quienes buscan remover el orden social establecido. Es la Federación Obrera del quinto Congreso la que responde al llamado de la revolución total proletaria. De hecho esta divergencia de los fines del sindicalismo fue la causante de la escisión de la F.O.R.A en la del 5º y la del 9º Congreso.
La F.O.R.A 5º amenaza con la huelga general, lo cual hace que el partido socialista (dentro de la otra central obrera) busque impedirlo yendo por el camino pacífico. No lo logra. La Federación Obrera con base anarquista declara el 8 de enero el paro general por tiempo indeterminado a partir del día siguiente.
Naturalmente se pliegan todos los sindicatos afiliados a esa central, y además adhieren sindicatos autónomos. También los comerciantes de Pompeya cierran las puertas de sus negocios como protesta ante la masacre policial.
El 9 de enero estalla la violencia obrera. Salen piquetes huelguísticos; se incendian chatas de la fábrica Vasena en el riachuelo; se tiran piedras contra los talleres, donde estaban reunidos los hermanos Vasena y sus socios ingleses.
En el resto de la ciudad se hace sentir la huelga. El transporte se detiene hacia las 14hs. El gobierno reacciona y destituye al “frágil” Dr.Denevi por Elpidio González. Éste ordena el acuartelamiento de la policía e informa la posible intervención del ejército.
Mientras tanto se inicia el cortejo fúnebre de los cuatro muertos el día 6 de enero, que al pasar por la fábrica Vasena recibe el fuego de sus ocupantes, reaccionando los obreros con un intento de incendiar el establecimiento. Ya a las 18hs. los soldados hacen uso de las ametralladoras pesadas, y en la hora 19, cuando se despedían los restos en el cementerio de la Chacarita, el ejército rodea y descarga sus armas provocando nuevas bajas obreras: veinte muertos y decenas de heridos.
Hacia el 11 de enero y luego de haber participado pasivamente de los violentos episodios desatados por la F.O.R.A anarquista, la F.O.R.A sindicalista decide levantar el paro, esto ante la aceptación al diálogo que los empresarios metalúrgicos prometían a Irigoyen. No sin antes, éstos últimos, lanzar a las calles “teñidas de anarquía” sus propias milicias privadas. Ligas denominadas Patrióticas y dirigidas por el grueso de la derecha conservadora de la época. Verdaderas máquinas de asesinar obreros, judíos, inmigrantes, y todo aquello que pudiera ser embrión revolucionario.
La Semana Trágica de 1919 mostró de manera inequívoca los límites del Irigoyenismo para mediar en los conflictos sectoriales, y las preferencias que el futuro de la organización gremial argentina tenía por el camino del reivindicacionismo consensuado y el diálogo acomodaticio. De allí en más el anarquismo como movimiento impulsador se irá desvaneciendo hasta ser solo manifestaciones aisladas de carácter terrorista, y poco persuasivas para el verdadero interés del obrero asalariado: la progresiva mejora salarial, el alcance del confort producto de su trabajo, una porción del pastel amasado por el capitalismo imperante.
viernes, 21 de mayo de 2010
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