En la escasa tribuna visitante del Trueno verde, el joven que fue a ver el duelo entre los locales y El Porvenir, mira las nubes grises, respira hondo, y eleva su plegaria al cielo: “¡Dios, lo único que te pido es que gane 5 a 1 San Miguel!”.
Gustavo no es hincha del equipo blanco y negro, es un vecino del barrio, apenas una simpatía que nace de colindar con esos partidos humildes de los sábados por la tarde. En ocasiones donde de tanto aburrimiento se llegaba a caminar las ocho o nueve cuadras que lo separan del estadio que ve pasar el viaducto José María Paz, solo para pasar el rato, mientras el sol y algunos más miraban a los jugadores del potrero oficial.
Jamás pensó en viajar a los partidos de visitante. Una aventura que ya no coincidía con el tamaño de su afecto. Ir a esas canchas de tierra adentro, lejos de las estaciones de tren y de los centros comerciales de ciudad, ajenas a la urbanidad; como el escenario donde Berazategui juega su localía, o el de los tamberos de Tristán Suárez, que acogen a sus visitas casi de manera silvestre.
En Argentina, las categorías menores del fútbol no son profesionales. Divisiones de aficionados, sin sueldos, sin primas, sin promesas de salvamento económico. La pasión, casi, en estado puro. Tan solo unas monedas, que en concepto de viáticos, juntan los jugadores obreros. Porque el marcador de punta derecho vive de su verdadero trabajo, igual que el goleador, que recorre la Capital Federal en un 504 taxi de los últimos que quedan. El arquero es profesor de historia en una secundaria de Quilmes, aunque para ejemplo basta traer una escena repetida a lo largo de tantísimos fines de semana. El referí y los dos capitanes dialogan en el círculo central, la lluvia es inclemente, el cielo encapotado se ríe del barrial que dejó en la tierra del modesto equipo de la C. El concilio busca definir el futuro inmediato, si se juega o no el encuentro, si las condiciones son propicias, cosa que se ve a mil kilómetros que no. En realidad se buscan soluciones pequeñas para los problemas de siempre: la poca plata, el costo de la postergación, las pocas chances de que el terreno esté mejor en el corto plazo. La pelota no bota, se hunde en un lodazal sucio y abyecto. No se puede jugar así, pero el juez del partido (que probablemente faltó a su trabajo) pide la opinión de los protagonistas, y estos deciden jugar la fecha. Las palabras del guardameta capitán de su equipo son elocuentes y esclarecedoras: “Hay que jugar, en la fábrica no me dan otro día”. La realidad es única y aplastante. Las ganas son el solitario placebo que siempre lleva las decisiones desde la insensatez a la nobleza.
Así es el mundo de equipos que sigue Miche. Él también se mueve al ritmo de su corazón, hecho de bandas negras y blancas. No hay lugar para el plan, la pasión es todo el programa que hay cada fin de semana, en donde juegue el cuadro de Gerli.
Miche y Gustavo son amigos añejos, de la infancia, del barrio y la tarde perdida callejeando al sol. Compañeros de picado y vagancia, y años luego de picada y aperitivo. La adolescencia fue definiendo cosas que ya eran presagio al salir de la niñez: que la amistad no era de paso, y que, en el plano futbolero, serían rivales en la ciudad. Gustavo, hincha de los Granates a rabiar; Miche, enfermo de El Porvenir. Los dos incurables.
El paso de los años trajo situaciones diferentes y perspectivas distintas. Los unos se encumbraron en la primera división, codeándose con la elite del fútbol argentino, y hasta alcanzando la coronación máxima con un campeonato; los otros, los de Miche, derraparán cuesta abajo en la jerarquía de equipos, llegando a militar en la cuarta categoría de nuestro fútbol.
Ya para cuando ellos tenían diecinueve años la realidad de sus equipos había comenzado a distanciarse. Eso motivó que la rivalidad que significaba compartir la ciudad empezara a desaparecer, las diferencias crecían a paso agigantado, y los enconos y recelos vivían más en los hinchas de El Porvenir que en los de Lanus. Quienes comenzaban a buscar su rival clásico en otros rumbos, y hasta se permitían sentir una cálida preocupación por la suerte dispar de sus vecinos menores, que iniciaban su cadena de sinsabores futuros.
En esta circunstancia nueva de relación, la amistad entre ellos aseguraba además poca posibilidad de pelea, y hasta sirvió de apoyo a pedidos de Miche, que en otra época hubieran sido rechazados de plano.
Un sábado, posiblemente de 1993 (el recuerdo borroso impide definir el año con total exactitud), Miguel fue a la casa de su amigo y le pidió algo que se iba a repetir en varias ocasiones futuras. Le dijo “Vamos a ver al Porve, acompañame a la cancha, haceme gamba. No tengo con quién ir” .“¿Con quién juegan?”. La respuesta fue firme, la cara de Gustavo palideció: “Con San Miguel. Allá.”. Veinte segundos después recuperó el color y lanzó su propuesta: “¡Estás en pedo, a la cancha de San Miguel no voy!”. En mi opinión, una contestación lógica y sesuda a la cual no le sobra ni un signo de exclamación. “¡No seas botón! Si no tenés nada que hacer. Lanus juega mañana. Vamos, miramos el partido, y volvemos. Yo ya averigüé cómo ir.”.Gustavo prendió un cigarrillo, y mientras escrutaba el semblante de Miche cometió el error de ceder, cosa que haría varias veces más en idénticas situaciones.
El sábado, que ya se afianzaba como grisáceo y poco lindo, traía una aventura de esas que cuesta empardar.
Pitando el faso fue hasta la heladera y sacó una botella de cerveza. La destapó y la puso sobre la mesa del comedor de la planta alta de la casa. Se sentaron y empezaron a vaciarla, sin prisa pero sin pausa. Gustavo seguía preguntando las opciones del viaje, y Miche lo tranquilizaba asegurándole que tenía todo planeado, que sabía cómo llegar y cómo volver. “Terminamos la birra y nos vamos, yo ya estoy listo. No tengo que pasar por casa”, le dijo el del Porve.
Terminaron la cerveza. Abrieron otra, y otra más, y otra más. Vaciaron todas las que había en la heladera.
Arrancaron el periplo.
Tardaron un rato largo en llegar a la cancha de los de verde. Y no era para menos, si contamos los pasos que dieron desde que dejaron la mesa de la bebida, hasta que subieron los escasos peldaños de la popular de madera, anduvieron más distancia que Frodo en EL Señor de los Anillos. Lastimosamente para ellos la sensación de incertidumbre los esperaba al finalizar el viaje, no en el trayecto mismo, como al Hobbit.
En la avenida Pavón se subieron a un 51 que los llevó hasta Plaza Constitución, de esos rojos, sucios, y con dos filas de asientos de dos. Tembloroso a cada bache, medio lento. Cuando llegaron a la gran Terminal cabecera trasbordaron al subterráneo de la línea C, éste los llevó hasta la estación Diagonal, donde hicieron la combinación con la línea B. Bajo tierra fueron hasta la estación Federico Lacroze. Cuando salieron a la luz del día el cielo ya avisaba que no iba a dejar ni un metro de celeste. Y Gustavo lo miraba a Miche, impaciente, inquisidor, con cara de cuándo llegamos. El gesto del amigo era claro y fácil de interpretar: “¡Qué querés, la cancha de San Miguel está lejos!”. Sin palabras sacaron un boleto para el viaje en tren hasta la estación General Lemos del ferrocarril Urquiza. Y todavía faltaba.
Se bajaron del vagón y Gustavo ya se sentía en el extranjero, trató de escuchar palabras de terceros para ver si eran de su entendimiento, por suerte descubrió que sí. Preguntó “Bueno, ¿dónde está la cancha, a cuántas cuadras?”. Miche solo dijo “Falta un poco más”, y acto seguido señaló una parada con un colectivo destartalado esperando por alguien que lo tuviera que abordar. Gustavo se paró abajo del pobre cartel y leyó 702. “Tenemos que tomar éste”, dijo Miguel.
Hasta cierta edad, uno, que vive en una ciudad populosa y vecina a la gran capital, cree que los colectivos terminan en el 400. A quién se le puede ocurrir que hay una línea con el número 702. Gustavo se subió al cacharro desvencijado pensando que era más grande el número que la cantidad de internos, no podía haber setecientos dos trastos como ése. Era un sin sentido. Aunque a esa altura de los hechos todo tendía a perder su sentido primordial. Ir a ver a un equipo del que no sé es hincha, contra otro equipo de tradición pesada y realidad peor, usando una colección de medios de transporte público a la que solo le faltaba el globo, en un día horrible, a una cancha poco menos que modesta, humilde, bah, deprimente es la palabra. Y todo en aquel marco de una competencia lejana de los flashes y de la masividad. La lógica de la temprana decisión de Gustavo desaparecía lentamente.
En el colectivo iban cinco. El colectivero, una señora en el primer asiento, un viejo que dormía con la cabeza dando contra la ventanilla, y los dos amigos. Miche del lado del pasillo y Gustavo mirando por la ventana, viendo pasar barriadas extrañas, y creyendo imposible llegar a destino finalmente.
A la mitad de la cuarta etapa del Rally Lanus San Miguel, Gustavo lo codeó a Miguel y le dijo “¿Estás seguro que sabés dónde queda? No era para menos, a esa altura al interminable trayecto lo único que le faltaba era la llama olímpica. “Ya estamos por llegar”, dijo el hincha de El Porvenir.
Créase o no llegaron a la cancha de San Miguel. A la casa del Trueno verde, uno de los mandamases del oeste, ese día más lejano que nunca.
La cancha de San Miguel no es un gran estadio. Por lo menos no lo era en el año en que suceden estos episodios. Gustavo entró y miró el campo de juego, estaba ahí nomás, alambrado de por medio. Luego se dio vuelta y observó el panorama de la tribuna visitante, la destinada al puñado de hombres llegados desde el sur del Gran Buenos Aires. Una cuesta de madera de veinte escalones, atrás del arco, muy lejos del cielo gris. Parado en la cima apenas si se veía la mitad de la cancha, el otro arco se sabía que estaba por una cuestión reglamentaria. El contexto se completaba con una tribuna local de cinco escalones, y una cabecera detrás del otro arco, también de cinco peldaños. Todo de cemento, eso sí. Ahí iban los seguidores del Trueno.
Contando al hincha de Lanus infiltrado, los de El Porvenir no sumaban gran cantidad. No completaban su sector al ciento por ciento, y en realidad, quedaban bastante expuestos a la mirada de los amenazantes hinchas locales. Que a cada minuto que pasaba entraba en cantidad superior y calidad temeraria, todo se iba poniendo color verde; aunque para Gustavo, parado en el vigésimo escalón de su rapada tribuna y siendo identificado claramente por cada uno de los “muchachos” de San Miguel, la cosa más que color esperanza se iba tornando negro porvenir.
Miche, todo vestido con los distintivos de su equipo, saltaba y gritaba como loco. Arengaba a sus jugadores, insultaba a los rivales, se acordaba de las madres y las tías de todos los de la tribuna de enfrente. Algunos más lo seguían en tamaña actitud irracionalmente agresiva, en un sitio donde, si se trata de agredir, hay dos mil fulanos dispuestos a tirar la primera piedra, o a dar la primera trompada, o a lanzar el primer botellazo, y por qué no el primer tiro. Otros tantos se mantenían en un respetuoso silencio, aguardando el inicio del partido, sin preocuparse por agitar el avispero. Y entre los fervorosos y los pasivos estaba Gustavo, que pedía cordura y moderación, y ante todo previsión. a “¡Pará Miche, que estos negros nos van matar a todos!”. Cosa que Miche no hacía, seguía saltando, agitando, desafiando. Y claro, los dos mil morochos del Trueno verde contestaban, pero también contaban a los hinchas visitantes, uno a uno, viendo quién hacía qué cosa. Aunque al final los más malos querían pasar a degüello a todos los que había en la tribuna visitante. Tal era su fama y su vocación.
Arrancó el juego. Y el equipo local fue a buscar la victoria inmediatamente, apoyados por los exultantes hinchas propios se llevaron por delante a los visitantes. Se pusieron uno a cero arriba y todo era alegría en los cinco escalones de cemento, no obstante seguían asegurando que le iban a dar cuchillazos a todos los del Porve. Lo cual no aportaba tranquilidad al ir y venir de Gustavo entre todo lo blanco y negro de la tribuna de madera.
Al rato, medio de casualidad, empató el partido la visita. La locura se mudó cien metros de distancia, y especialmente Miche se descontroló sin remedio, gritaba, corría entre los maderos de San Miguel. Gesticulaba a la parcialidad local, se tomaba las partes pudendas y movía ampulosamente las manos. El grupo de los serenos se mantuvo en esa tesitura, y Gustavo, sentándose en la tribuna, murmuró “¡No, qué cagada, ahora sí estos negros nos van a matar a todos!”. No quería ni mirar a los enfurecidos muchachos de San Miguel, que ahora ya juraban que romperían todos los huesos a cada hincha del Porvenir, amigo, allegado, pariente lejano, vecino de la otra vereda, el que fuere estuviese esa tarde en ese lugar. Gustavo pedía disculpas con su silencio, una cosa así como “Miren que yo no tengo nada que ver con estos tipos, a mi me trajeron obligado, soy un secuestrado”.Miche no paraba. Enardecido, prometía un segundo gol de su equipo de cara a toda la gente local. Gustavo, además de lamentar su decisión de acompañar a su amigo en tamaña patriada, no podía creer en su mala suerte, no sería cuestión de que El Porvenir viniera a ganar un partido justo en este cementerio de simpatizantes ajenos. Solo quedaba esperar un segundo tanto de San Miguel que calmara los ánimos de sus inminentes asesinos.
El segundo gol de los locales hizo estallar a sus hinchas. Amargó a los visitantes, para Miche fue un mazazo, apesadumbrado, mudo, se quedó parado, mirando la locura de todo San Miguel. Quienes, aún en la victoria, seguían prometiendo liquidar a todos los de blanco y negro (ellos son así). Gustavo respiró un poco aliviado, había una chance de evitar la paliza, sobre todo si le metían un par de pepas más y la felicidad opacaba las ganas de ir a buscar a los del Porvenir a la salida.
El partido terminó con el triunfo de los locales por la mínima. Miche se quedó masticando su bronca en el décimo tablón, mientras Gustavo le suplicaba encontrar cómo salir de ese lugar. “¡Por favor buscá alguien que nos saque de acá!”.
Los de verde seguían gritando su alegría y mofándose de los del Porvenir, especialmente de los que más convincentemente habían festejado el empate transitorio. Por supuesto que a estos le avisaban que no se iban a poder retirar sin lesiones: algún hueso fuera de su lugar, algún ojo en compota, uno que otro machucón en la cara, quizá un corte de algunos centímetros en alguna parte de la humanidad.
Ante la insistencia de Gustavo, Miche, recompuesto un poco de su bajón anímico, se dedicó a recorrer la tribuna en busca de algún conocido del barrio, alguien que volviera para los mismos pagos, de ser posible en vehículo seguro y confiable. La sola idea de deshacer el camino andado en la venida le dibujaba una mueca de dolor a la cara de Gustavo.
Por suerte encontraron un muchacho que volvía para el lado de Avellaneda, y si bien habría que tomar otro colectivo desde allí hasta Lanus, se salvaban del mal carácter de los “pibes” de San Miguel.
Miche, sacando un vale por unos envases de cerveza comprado para matizar la espera del partido, le dijo a Gustavo “Aguantá que vamos a cambiar las botellas por la plata y vamos”. “¡Vos estás en pedo!, que se quede con la plata, no hacemos dos cuadras para ir a dejar las botellas ni loco, vámonos urgente, antes de que el flaco se arrepienta de tirarnos con el coche”. Tajante, lacónico, lógico y pensante. Innegociable.
El sábado de cancha terminó en la puerta del desaparecido Shopping Sur, allí los dejó el pibe de la gauchada inconmensurable. Fue día de cielo gris, de derrota par Miche, pero de triunfo para Gustavo, que al llegar a casa, se lavó la cara y se destapó una botella de vino para celebrar el buen estado de sus amados recovecos óseos.
viernes, 30 de abril de 2010
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