viernes, 28 de mayo de 2010

DOSCIENTOS SESENTA Y NUEVE

Un padre que da consejos
más que un padre es un amigo
ansi como tal les digo
que vivan con precaución
naides sabe en qué rincón
se oculta el que es su enemigo”
-Martín Fierro-


Situémonos en el 21 de marzo de 1891. El lugar: la residencia particular de Bartolomé Mitre, más específicamente su vasta biblioteca personal. Allí el General recién llegado del viejo mundo, luego de ser aclamado por el pueblo en las vísperas del encuentro clave, escucha lo que tiene que decirle el ex presidente y gran mandamás Julio Argentino Roca. EL Zorro le habla del peligro de la intransigencia, de la desunión nacional que ésta puede generar en el futuro, de los fervores en cadena desatados por el verborrágico Leandro Alem; le dice que no es momento de partidos sino de hombres patrios, que no se trata de los autonomistas o de los cívicos. Todo converge sobre la Nación Argentina y la necesidad de estabilidad política e institucional, de llamar al orden.
El año entrante se elegirá presidente, pero el hombre que vino a convencer sabe que se define estar o no en el asunto, entre los titiriteros de las próximas funciones nacionales. No le importa ser él quien tenga los hilos, además sabe que eso le está vedado a partir de la constante prédica de los cívicos más duros. Solo quiere seguir en el juego y sabe que la llave es este prócer que tiene enfrente y que escucha y observa desde la vereda de enfrente de sus convicciones políticas tradicionales.
El Hombre del Desierto no necesita proclamar un candidato que derrote a la mejor carta de los rivales: Bartolomé Mitre (con Bernardo de Irigoyen en la fórmula). Necesita él mismo proclamar a Bartolomé Mitre. Vino a halagar y halaga con exhuberancia, vino a prosternarse y lo hace con frialdad, vino a convencer y convence con potencia. Ahora el candidato de los otros es su candidato. Un abrazo para la posteridad dejará sellado lo que se escribirá con mayúsculas: El Acuerdo. Roca y Mitre aún no lo saben pero acaban de desencadenar una intriga que terminará en una singular contienda por el sillón presidencial.
A principios de la década de 1890 el panorama político nacional no es multipartidario (lejísimos de algo así todavía) sino dual, aunque una mirada más analítica nos muestra que es dicotómico en realidad. Momentos en los cuales una opción anula terminantemente la otra.
El partido Autonomista y la Unión Cívica se insultan ideológicamente y se dividen a las figuras de la ilustración criolla. Los unos son el Régimen, aquello que enquistado en el poder durante los años precedentes hace y deshace sin ninguna ética y sin otro fin que el beneficio de los propios; los otros son la rebeldía de los humildes y despojados de participación, canalizada ésta por los intelectuales moralmente superiores a la aristocracia gubernamental de la era post Rosas.
Se avecina el cambio de mando y la gente del presidente saliente Carlos Pellegrini (los Autonomistas) intuye que será dura la pelea por la sucesión. El empuje oratorio que vienen desempeñando los cuadros de la Unión Cívica sumado a sus ejemplificadoras abstenciones electorales ha hecho mella en el ánimo popular, devastando el prestigio del Régimen y su legitimidad (algo que nunca tuvo para sus opositores). Luego de hostigar toda la infame labor de Juárez Celman como primer mandatario en representación del Roquismo, había logrado elevar la temperatura en los caminos y por los pueblos, llevando al Zorro del desierto y a su compañero de filas el gringo Pellegrini, a una búsqueda intensa de anular la fórmula ganadora de los Cívicos: Mitre-Irigoyen.
El Acuerdo es el fin del camino emprendido por esa búsqueda. La nueva fórmula, ofrecida a los hombres de Alem como un gesto de unidad nacional sin intereses, es el hallazgo. Bartolomé Mitre- José Evaristo Uriburu. Estos en representación de todo el pueblo y como un acto de confluencia histórica.
La movida de Roca y Pellegrini elevó la irritación de los intransigentes más rígidos de la Unión Cívica, y así nació la Unión Cívica Radical. Los que no transarían jamás con los líderes del pasado, padres de todo lo fraudulento y corrupto del Unicato de Celman. Esos que ahora se le llevaban de sus narices al General Mitre.
Sin esperar mucho Leandro Alem se lanzó en una campaña de vituperio del Partido Nacional (redenominación del Partido Autonomista) que lo llevó a todas las tierras de la república. Una tarea tan desgastante como trascendente. Y con un resultado demoledor. Poco a poco la palabra de Don Leandro va dominando la voluntad popular, logra generar un rechazo masivo a la figura del Acuerdo y a su candidato principal: Mitre. Aquello que debía ser visto como un acontecimiento magno en la historia política nacional, se desdibuja bajo la lupa que parece colocarle el radical. El General Mitre empieza a desilusionarse por el curso de las cosas y por el aura maligna que ha ganado su candidatura. Roca trata por todos los medios de evitar el derrumbe de su hombre pero el vapuleo sufrido por éste es arrasador. El vencedor de Urquiza ya no se siente ese paladín de la unión nacional que estaba llamado a ser, y no quiere ir contra la voluntad de la mayoría. En octubre de 1891 Bartolomé Mitre desiste en seguir con algo que no cree viable y declina su candidatura. Julio Argentino Roca, muy apesadumbrado por lo que siente una derrota sin atenuantes, abandona la política y se recluye en su vida personal. No obstante volverá al ruedo ya en el año de las elecciones (1892).
Con Roca exiliado de la partida, Mitre fuera por propia decisión, y Pellegrini pilotando sus últimos meses de mandato, los radicales se aprestaban a modelar su futura victoria, y para ello apuntalaban, Alem mediante, a su candidato: Bernardo de Irigoyen. Las cosas parecían ir bien y sin obstrucciones, pero llegó Roque Sáenz Peña al tapete y movió las cenizas semiapagadas.
Cuando el gobernador de Buenos Aires Julio Costa propuso como candidato de los Acuerdistas a Roque Sáenz Peña, no imaginó que con ello estaba llamando el regreso a la acción de Roca. EL Zorro se enteró de la proposición y tembló de pavor, el hombre propuesto no era precisamente de su riñón. Para peor era un representante de lo que se veía como un ala modernista dentro del partido; algo que era lo nuevo superador de lo viejo. “De mí”, pensó el ex presidente con mucha indignación. Era necesario darle una vuelta al asunto de este candidato contrario a sus intereses, y más que rápido ya que el hombre se iba ganando adeptos en todas las provincias y pronto no habría forma de sacarlo de la fórmula.
El Zorro del desierto encontró la llave que abrió el candado de lo que parecía inviolable. Con mucha astucia, con gran lucidez, con extrema malicia. Habló con su compañero el Doctor Pellegrini (diálogo ficcional propuesto por Félix Luna en Soy Roca).
--No podemos enfrentar a Roque directamente. Hay que buscar una forma de anularlo sin escándalo. Hay que encontrar un candidato que se le pueda imponer naturalmente.
--Ya lo tengo, mi doctor...
--¿Quién?
--Su señor padre, el doctor Luis Sáenz Peña.
Luis Sáenz Peña no era un hombre de política, siendo magistrado judicial desconocía las cosas de política. Pero era un pan de Dios y sería muy maleable. Y lo más importante, con su sola aceptación haría renunciar a su primogénito. Roque Sáenz Peña era un buen hijo y como tal no tuvo más remedio que aceptar la intención de su padre de encabezar la fórmula del Acuerdo.
Persuadirlo de su respuesta afirmativa fue asunto muy fácil. Una reunión en el mes de febrero de 1892 con Mitre alcanzó para dejar terminado el asunto. A todas las objeciones del anciano magistrado (tenía 70 años) el expresidente supo contrarrestarlas con un abanico de ponderaciones laterales pero altamente efectivas. No se puede decir que Mitre influyó en la decisión de Sáenz Peña padre, más bien la tomó por él.
Don Luis aceptó encabezar el binomio (junto a José Evaristo Uriburu) de los Mitristas y Nacionales vinculados por el Acuerdo. Al día siguiente, al mismo tiempo que Roque Sáenz Peña renunciaba a la candidatura en una noble carta de amor filial, el Modernismo se derrumbaba, entendiendo sus simpatizantes que lo viejo—Roca, Pellegrini, el Régimen—seguiría al mando.

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