viernes, 2 de abril de 2010

DOSCIENTOS TREINTA Y CUATRO

José y Graciela tienen tres hijos varones. El mayor de ellos tiene 17 años y en este momento que los visitamos está cocinando el almuerzo en su pequeña casa precaria.
Toda la familia hace algo que ayude a la supervivencia en las altas montañas de Famatina. Están solos con la naturaleza y sus magníficas imágenes y sus terribles caprichos, como el que trajo una lluvia que no se veía en años, y que alimentó un aluvión de agua y barro que arrasó con piedras, vegetación, y con el camino que lleva a la mina de oro La Mexicana.
Por ese desplante de la Gran Madre es que no llegamos adonde se saca el oro que da de comer a esta familia. Ni siquiera con la Ford Ranger de Camel, nuestro guía.
Dos kilómetros antes del sitio minero está la casa de José y Graciela. Allí ellos se dedican a lavar toneladas de tierra diaria para separar el dorado metal; una tarea que es de tres días y que solo da tres gramos de oro, que venden a $99 a un joyero de Chilecito. En camión bajan montañas de tierra que en su mayoría contienen minerales poco rentables en baja escala, como el hierro, que luego de un filtro minucioso con agua a presión natural queda en la superficie del recipiente que José nos muestra. Oculto bajo esa capa negra aparecen unos insignificantes alambres relucientes, que quedan solos y pequeños cuando el imán se lleva el hierro inútil.
Todo el proceso explicado por Graciela termina en una demostración del oficio de hormiga. Que aumenta el estupor nuestro cuando nos cuenta que en invierno se hace previa rotura del hielo, porque aquí arriba (a tres mil metros de altura) en junio y julio hace temperatura bajo cero.
El aprendizaje nos costó diez pesos, cosa que se da con gusto porque esta gente lo merece, por ser los únicos que permanecen viviendo de la extracción del oro que tanta muerte les trajo a los dueños originales de América del Sur. Claro que también los ayuda el turismo, pero éste solo es posible si ellos tienen esa ocupación para mostrarle al mundo que sube a este paraje riojano excepcional.
La mina La Mexicana es una explotación minera que funcionó en manos inglesas hasta la primera guerra mundial, cuando fue vendida a norteamericanos. Ya en 1927 la explotó el Banco de la Nación Argentina, hasta su cerrado definitivo. En su época de gloria, a principios del siglo XX, supo hacer florecer a toda la región, que se nutrió de una inmigración de todos los rincones del plantea: italianos, árabes, alemanes, argentinos de otras regiones, españoles, y sobre todo chilenos. Estos, al venir en cantidades asombrosas, dieron nombre a la capital del distrito: Chilecito.
El pequeño Chile se fue apagando una vez abandonado el cable carril que bajaba lo extraído de las alturas, que por aquel tiempo era el más extenso del mundo (hoy, solo como atracción turística, está en segundo lugar), y cuya construcción costó tres millones de dólares, que era muchísimo hace cien años.
Luego vinieron los emprendimientos vitivinícolas y la industria agropecuaria, y allí revivió la segunda ciudad de La Rioja. Que hoy tiene treinta y cinco mil habitantes permanentes.
La “Larga Vista” se llama a un tramo de la ruta nacional 78, en el cual se ve el pavimento hasta donde llega la visión. Y a la izquierda la cadena del Famatina, que es donde nos lleva la Ranger, luego de pasar campos de nuez, de membrillos, de uvas, y el río Capayán.
La cuesta que sube es una ruta provincial poco transitada, solo van tracciones cuatro por cuatro, y así y todo hay sitios donde hay que bajarse con pala para despejar el camino. El paisaje es único. Montañas por todos lados, colores, valles, y zorros huyendo al vernos pasar. También está Ramón, un pastor que patrulla la región a caballo y avisa a los guías si el camino está en su lugar y transitable. Día tras día.
Antes de llegar a la casa de José, hay un lugar conocido como el Cañón del Ocre; es algo increíble, debajo de los múltiples picos del Famatina vive este pasillo con paredes a los costados, con un río que lo atraviesa murmurante, y todo de color ocre. Y precisamente aquí vienen a buscar ese material las compañías de pinturas, y todos cuanto necesiten llegar a ese tono.
A los alrededores elevados del cañón, pastan los caballos y los burros de Ramón. Que lanzan relinchos y rebuznes al silencio de la tarde, de aburridos nomás. La temperatura no es tan agobiante aquí arriba pero el sol pega igual. Diminutas florcitas de color violeta se esparcen de a cientos junto al llano previo al abismo del cañón. Solo salen en ésta época, en invierno mueren.
El regreso de este magnífico lugar es desandando con paciencia y a los brincos la rocosa ruta provincial, deteniéndonos a sacar piedras que obstruyen el paso. Llevamos de vuelta al pueblo a unos visitantes de José, que hace varios días estaban arriba, a la espera de la próxima visita. La nuestra.

No hay comentarios: