viernes, 2 de abril de 2010

DOSCIENTOS TREINTA Y SEIS

Mendoza dice ser la provincia del vino. Los sanjuaninos dicen que es mentira, que los mendocinos son unos truchos que le ponen sus etiquetas a los vinos de San Juan. Los sanjuaninos y los mendocinos se sacan chispas; en el turismo, en la industria vitivinícola, y en los partidos que los enfrenta en el Argentino B, donde cada vez que chocan se matan a patadas.
Al entrar a la vecina Caucete una enorme finca de la bodega Calla nos da la bienvenida. Los viñedos se extienden a los dos costados de la ruta, y son campos y campos, continuos, vivos en uvas.
No sé quién tendrá la razón pero vino le desparraman al mundo, las dos regiones.
San Juan es grande. Muy grande. Mucho más que La Rioja. Además es más moderna y más coqueta. La iguala en calurosa y en dormir la siesta impostergable. Todo cierra religiosamente al comenzar la tarde calcinante.
La casa de Sarmiento, en medio del calor, se hace un ovillo y nos invita a pasar luego de que aplaque el sol. Blancas paredes limpias, unos jardines amplios, dos ventanas macizas. La niñez del prócer sanjuanino está lejísima del impacto urbano que su lugar soporta por estos tiempos.
Un par de cuadras al sur, el convento Santo Domingo, donde estuvo la celda de José de San Martín, se yergue sobre negocios de informática e indiferencias de peatones. El padre de la patria está en ese lugar para siempre, aunque duerme en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires.
Dije que San Juan es grande, y mis veinte cuadras caminadas lo certifican. Se suceden las plazas, las calles, el trajín no cede. La vida céntrica sobrepasa a la plaza principal y su iglesia, se esparce en muchas direcciones a la redonda. La terminal de ómnibus está a nueve manzanas y sin embargo todo el trayecto en muy concurrido; múltiples líneas de colectivos salen de ella a los cuatro puntos cardinales. El Gran San Juan es un coloso y contiene las hordas que día a día vienen a trabajar a la capital.
San Juan es grande.

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