Carece de ventanillas y sus vagones son el espectáculo más ruinoso jamás montado. Es arrastrado por una locomotora tan cansada como los que vuelven en el interior de cada unidad; lleva cientos de viajes largos y agotadores, idas y venidas entre distancias incontables, trayectos que ya han sido abandonados por razones insensibles. Va todo pintado con colores fuertes, con intensos dibujos que, a la hora que pasa, solo le entregan manchas deformes a la percepción del observador.
Pasa en algún minuto entre las veintitrés y el nuevo día. Nunca es el mismo, ya que no es regido por algún horario caprichoso impuesto por la empresa Metropolitana. Su partida depende de que su capacidad esté completa, de que esos fantasmas que lo van a ocupar le indiquen al guarda que puede hacer sonar su silbato. Un soplido sostenido del cual solo sale silencio, pero que sin embargo alguien escuchará en el más allá.
Entre los testigos de su paso se cree que no lleva maquinista, que va impulsado por el mismo Lucifer desde el averno; algunos piensan que va camino del infierno, otros, que desde allí viene. Yo pierdo la cualidad del pensamiento cuando avanza a mi costado, reptando, haciendo poco ruido en su andar meticuloso. Quien lo observa pasar por primera vez suele sentir que el aire se torna gélido, lo invade un temor por lo que pueda ver en él, y fija su mirada en un punto cualquiera que no sea su oscuridad. Porque sabe que va apagado, lo sabe de una manera extra sensorial, como el murciélago que no ve. Su extinción en el horizonte de rieles le devuelve la calma.
Yo me resigné a verlo con cierta regularidad. Luego, mi instinto de alma perturbada me obligó a increparlo con la mirada, a llevar mi curiosidad a límites esquizofrénicos. Me acostumbré a su miserable existencia. Descubrí que lleva sombras y nada más. Que no puede haber personas en su interior, cualquier intento de humanizarlo es golpeado por esos tenues movimientos que se ocultan en sus tinieblas; ni siquiera aquella noche en la que garabateó un brazo en el aire pudo convencerme de ser pasajeros de este mundo. Tampoco los minúsculos puntos rojizos que van encendidos dentro de él, como luciérnagas del abismo. Vi una espeluznante interpretación de algún delirio de Poe, de la enajenación de Lovecraft. Rechacé cualquier virtuosidad que pretendiera sugerirme su figura.
La costumbre ha calado mi horror. El tren de las sombras seguirá atravesando mi ciudad, y cada vez que invoque la primera mirada de algún transeúnte, renacerá la consternación, multiplicándose y expandiéndose como una hórrida plaga.
viernes, 23 de abril de 2010
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