martes, 20 de abril de 2010

DOSCIENTOS CUARENTA Y SIETE


Espera.
Y no desespera.
No sabe que la luz viene a lo lejos,
que está llegando la hora de volver a casa.
Descansa y aguarda.
Piensa en la vida misma,
en él en la vida misma.
Todo minutos antes de que el ruido invada la escena.
El humo de la oruga rígida,
el silbato, el aviso de partida,
la campanilla de la barrera,
el hundimiento de los durmientes.
la marcha diaria de miles de seres extraños.
Caminó hasta el final del andén,
despacio, cavilando, tragando saliva,
y allí, sin saberlo, se erigió en una imagen inmortal.
Esa de la paciencia de quien no tiene casi otra cosa.

No hay comentarios: