Don Mateo tiene un hijo en San Luís. Estudiaba bioquímica pero dejó a poco de terminar; se casó, tuvo tres hijos, y colgó los botines. Don Mateo está un poco desilusionado con su única semilla, pero dice que lo ve feliz y eso lo alivia. Don Mateo es padre al fin de cuentas.
El colectivo de la línea 29 que viene de la capital pasa a las 13hs. por la puerta del complejo náutico de la Universidad de San Juan. Allí esperamos don Mateo y yo; él se vuelve a su pueblo luego de una mañana de trabajo, a Ullum, que también le da nombre al lago y al dique. Hace más de veinticinco años que trabaja para el complejo, se lo ve cansado pero decidido a seguir poniendo el cuerpo a la tarea. Nunca me dijo cuál era.
Remontando el río San Juan se llega a la presa que es la puerta de entrada a todas las playas que bordean el lago. Las montañas de fondo se reflejan en el agua azul verdosa que, tranquila y suave, escucha el bullicio de un grupo de niños llegados de la capital. Algunos boten parten del embarcadero rumbo a la tranquilidad del centro del lago sereno; otros quedan anclados en el íntimo y pequeño puerto.
Yo camino las calles de polvo hasta llegar al pie del lago, los chicos que le ponen su música a la tarde son una colonia de vacaciones. Muchas carpas decoran los espacios verdes junto a los quinchos y las parrillas. Algunos eligen bañarse en la orilla del lago, otros, la mayoría, disfruta de la naturaleza mientras prepara la comida.
Más delante en la ruta hay otros balnearios. Entiendo que son más exclusivos y más caros; el Palmar del Lago es el más concurrido por los sanjuaninos.
Luego de un rato de criticar a Maradona, el 29 llega y subimos don Mateo y yo. El trayecto que sigue hasta Ullum es alejándose del lago, que se va perdiendo entre árboles y matorrales. Solo de tanto en tanto se ve su superficie azul, por entre algún arbusto, y cuando la ruta se eleva un poco.
Al costado derecho, del otro lado del lago, el paisaje es muy similar al característico de Ischigualasto. Elevaciones rocosas, marrones primero, luego de varios tonos. Otro pequeño retrato lunar, con su aridez y su vegetación reseca, solo apta para subsistir con poco agua.
Entramos en el pueblo de Ullum rodeados de viñedos y olivares. Todo es una plantación de algo, casi no hay espacio para campos haraganes. El ruido de algún tractor trastorna la calurosa tarde, tres hombres tapados de pies a cabeza se mezclan entre uvas nuevas que van naciendo. Las fincas se suceden a los bordes del poblado, que es de casas básicas, muchas de adobe, con su plaza pero sin centro ni terminal.
Está claro que la vida de Ullum late más al ritmo del campo que de lo que le puedan ofrecer ciudades distantes. Ni un turismo inexistente.
A las dos de la tarde entro en una casa que es el comedor del pueblo. Más que del pueblo, de los empleados de las empresas agropecuarias y los emprendimientos agrícolas subsidiados por el Estado. El living de la familia es el lugar donde todos piden su comida; junto al televisor que entretiene el rato de descanso. Me siento con tres empleados rosarinos y sanjuaninos que están dirigiendo algo de lo que vi al llegar. No son los que ponen el lomo al sol, sino lo que los mandan. Luego de unos instantes de compartir la mesa deciden mudarse a otra, en ésta hace calor, alegan torpemente. Porque en verdad el calor está en todo Ullum, no hay mesa que se salve. Simplemente les incomodaba mi presencia silenciosa. En la tarde del pueblo del interior, el que puso el respeto, la voluntad, y la educación, fue el Porteño agrandado y pedante.
El micro que vuelve a San Juan está por salir de la plaza. Es el anteúltimo que regresa a la ciudad, después habrá que esperar hasta el siguiente día. Corro unos metros y me trepo al último bondi desde Finisterre.
viernes, 2 de abril de 2010
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