martes, 20 de abril de 2010

DOSCIENTOS CUARENTA Y SEIS


Un niño se arrimó a sus aguas cristalinas y arrojó una moneda,
y pidió un deseo.
Un vecino juró que soñó un futuro diáfano,
para un país que se vislumbraba oscuro,
esclavizado por vampiros foráneos.
Y aquella noche durmió como un ángel protegido,
el niño.
Una vida después, un anciano se acercó a esta ribera enmohecida,
y vio aguas que ya no saben reflejar cielos claros.
Intuyó el fracaso en barcos fieros y barracas inmundas.
Sacó una moneda del bolsillo y exclamó sollozando:
Si la encuentras dile que yo no soñé esta ruina para mi patria,
ni esta negra sangre para sus venas.
Y dejó caer a la mensajera.

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