El camino es de polvo y tierra, y yo lo transito a las 14hs. La temperatura debe andar por los º38, el viento escasea. Igual hay muchos árboles al costado, los cuales dejan solo sombra en mis pasos. Y en la sombra el calor se soporta bien.
A cien metros el alivio se termina. Se abre un descampado sin salida, un solarium perfecto. Por allí se va al río, no hay otra forma.
Un perro me sale al cruce, me ladra. ¡Guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! Me sigue diez metros y no para: ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! Así hasta el límite de la razón, de la lógica, incluso para un perro. En el último pedazo de sombra se clava sin concesión, me mira y no afloja: ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! ¡guau! Pero no da un paso al descampado ni en broma. Poco a poco va amainando su trabajo de can. Un guau, otro, y otro. Me mira sin entender porqué hago lo que hago, a las dos de la tarde, y con º38 a pleno sol.
Ni los perros.
miércoles, 14 de abril de 2010
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