martes, 16 de marzo de 2010

DOSCIENTOS VEINTITRÉS

Ha pensado, lector, en la posibilidad de que haya alguien enterrado en la pieza en la cual usted duerme. Supongo que no, creerá como todo el mundo que esas son cosas de películas. Imágenes fantaseadas por algún escritor trasnochado en búsqueda del cuento más aterrador, o tal vez leyendas que surgen en la ciudad, entre los adolescentes que juegan a propagar miedos, a divertirse con el miedo.
El miedo no es cosa con la que haya que jugar. Siempre lo enseñé a mis alumnos, traté de inculcarles sumo respeto por el temor. Esa sensación de parálisis, ese sudor frío que gana el cuerpo, esa impresión de estar anestesiado en forma total pero con una cruel lucidez. Como queriéndonos mostrar ella, cómo es posible morir bajo el dominio de los síntomas de nuestro pánico.
El miedo puede matarnos, y eso nadie parece querer asumirlo. Es algo que no podemos evitar su llegada pero sí podemos no empeñarnos en ir tras él.
Seguramente en su dormitorio, o esa habitación a medio llenar, o quizá un cuarto con una cama y nada más, seguramente usted escuchará mil ruidos cuando se acuesta. Algunos que vendrán desde la calle, otros de los ambientes vecinos al que lo envuelve, y unos pocos saldrán de allí mismo, de ese aire que usted respira solo, egoísta.
Esta noche tarde un poco más de lo habitual en rendirse al sueño, quédese despierto cuanto más pueda, escuche su entorno y mire la oscuridad. Trate de anular los sonidos de su propia respiración y concéntrese en los que habitan cotidianamente su descanso. Sienta la madera crujir por la humedad, al cemento rechinar sensiblemente quejándose del calor, a la chapa que silba por el viento de la madrugada. Deténgase en los finos alambres de la apagada lamparita que está en el velador, o que cuelga de la pared, o que baja del techo como una araña por su fina tela.
Ahora dígame por qué esa madera no cruje en todo momento sino en su noche; por qué las paredes mantienen su mutismo hasta no llegar usted para acostare; qué razón para que haya ruidos que no viven sino cuando nosotros queremos silencio, paz, quietud.
Yo no creo en la vida después de la muerte. Un cadáver es una masa gélida que no va a movilizar ni un músculo. Pero sabe qué idea me surgió: que existe un estadio inmediato a la expiración física, un tiempo (pueden ser años, le aseguro) en que hay algo en ese cuerpo exánime, una fuerza superior, una capacidad de congraciarse con nuestros objetos y nuestras atmósferas. No sé para qué querrán hacerlo, no sé si serán intenciones de comunicarse, o de dañar, o de ayudar. Sé que lo hacen y no hay nada que podamos hacer más que esperar a que transcurran los tiempos, y ese poder sobrenatural se vaya muriendo también, se vaya agotando hasta desaparecer.
No debiera confesarlo. Casi todo lo que llevo de vida ha tenido que pasar para que el último sonido de mi habitación cese; para que finalmente todo lo que está sepultado bajo las blancas baldosas de mi dormitorio se calle definitivamente.
Entre todos los hombres por los que he cavado, solo el que dejé debajo de mi piso fue el que le dio una real convicción a mis creencias. Aquellos que me hicieron profanar baldíos, jardines, plazas, casas deshabitadas; por ellos tendrán otras gentes la fe que yo tengo en mis silencios.
¿Qué era, lector, su casa antes de ser su casa? ¿Qué había debajo de esa tierra que hoy le sirve de apoyo a su cama? ¿Qué ruidos escucha usted de madrugada?

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