miércoles, 24 de marzo de 2010

DOSCIENTOS VEINTIOCHO

La mano, todavía húmeda, llega a la pierna de Paula justo a tiempo para impedir la huida. Aferra el muslo resbaloso e inmediatamente deja lugar a la caricia que pretende detener el escape, convencer a la razón y poner quietud en las sábanas blancas, antes borrascosas.
Sin palabras llega la sumisión, casi sin miradas cómplices. El roce de la piel amada es todo el diálogo; el dialecto de su amor intenso, ese lenguaje para ella inmaculado. Único rasgo impoluto que la relación preserva de manera inquebrantable.
No hubo dicciones. Sin sus voces avanzó la pasión temprano en la noche; dejando paso al frenesí de los sentidos, viendo al miedo escabullirse por la ventana calle abajo. Todo se fugó para otro momento en ese instante de sus vidas: padres y amigos, y prejuicios, y dudas, dedos señalando injuriosos.
Jugaron el juego prohibido, vedado por el temor. Lo hicieron. Al son de sus estallidos cardiacos, del choque estridente de sus músculos trabajosos, de las quejas de un viejo colchón improvisado. Andrea muriendo en Paula a cada dulce llegada, y renaciendo en la retirada jadeante. Pecho contra pecho y sus piernas enredadas; la boca invasora que se echa atrás y la otra avanza tierra adentro. En un flujo y reflujo vivaz a medianoche, para reposar al alba.
Andrea y Paula se conocieron callándose. Se amaron al filo de la locura, callándolos. Hundiéndolos bajo un mar de arrumacos y sumergiéndose en su oceánico sudor pasional y eterno. Su propio diluvio universal.
La mano,todavía temblosa, alcanza la barbilla de Andrea, firme como un peñasco, con una suavidad prestada de otra piel. Paula ase cada bello de la barba soñándolos hombrecillos de barbalandia. Queda cautiva en la musculatura de Andrea. Él sonríe y se duerme.
En una cómoda ruinosa, testigo de su vigilia, duermen también sendos pasajes con destino a su Roma. Hacia la libertad.

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