lunes, 8 de marzo de 2010

DOSCIENTOS DIECISIETE

La oscuridad no tiene importancia a la hora en que el balde repleto de pócimas violentas ha quedado vacío y abandonado. Incluso tampoco importan los obstáculos que hay entre el hombre ido y la puerta que da a la noche todavía negra. La gente hace piruetas en la mitad del infierno de humo y ruido ensordecedor, las mujeres devoran la suavidad de su femeneidad al borde del éxtasis de cada fin de semana. Los hombres aúllan como lobos excitados y sedientos de flujo vaginal, harán cualquier cosa por beber la savia íntima de su presa caída en desgracia. Aunque nadie cae en desgracia entre las paredes de este sol a las tres de la madrugada, ni siquiera el hombre tirado en el piso, viendo pasar su noche mágica sin nada de magia, mirando piernas de mujeres que pasan sudadas y provocativas, hermosas, ajenas. Borracho pero no loco. La demencia y la borrachera no son exactamente lo mismo. La vida no es muy satisfactoria en ocasiones, más cuando nuestros actos solo desembocan en el fracaso, en la imposibilidad de verle la cara al triunfo, aunque sea al más efiméro. Es culpa del hombre débil, de nadie más.
Finalmente se abre paso entre mesas y sillas, entre ángeles en minifalda, entre demonios que siguen ofreciendo alcohol detrás de la barra sucia y difusa, entre otros ebrios que ya no podrán escapar del lugar donde cayeron. Llega a la salida y sale.
El cielo no está todavía. Hay algo arriba que ocupa su lugar, pero sin inspirar nada de nada a quien lo mira. La calle está semivacía y la basura de los cordones sonríe a los vagabundos y los desposeídos de siempre, que moran al pie de las fiestas de la civilización, para ver si les cae alguna migaja del festín privado. Nada más les sonríe.
El hombre borracho sigue su camino de dolor y no parece dispuesto a arrepentirse. Camina por la vereda aferrándose a la alambrada que lo guía como buen lazarillo, no sabe dónde lo llevará pero el hombre se deja conducir, solo tiene una vaga idea de lo que desea. Que sea el futuro ya mismo. Sin concesiones ni exigencias. No importa dónde esté él en ese porvenir.
Una máquina del tiempo con varios tonos de verde lo transporta una hora y media hacia adelante, lo deja parado en mitad de una acera gris y mugrienta, rodeado de mañana diáfana, enfrentado a la incertidumbre que le provoca la falta de dinero, de sobriedad, de mente clara. No acierta a descubrir la hora pero cree que serán las ocho del domingo, cuando las facturas salen de la campana rumbo a las mesas, y los bares echan a sus moradores sin haber dado nada a cambio esta vez.
No es el lugar donde debiera estar.
Pide monedas a unos seres nublados pero presentes, testigos de la escena. Un oficial del orden y la ley se lleva de recuerdo una viscosidad de color indefinida y sabor de elevados grados. Se va maldiciendo su trabajo de conservador de ese orden imposible de conservar, en esta Buenos Aires de instintos salvajes y autodestructivos.
Un alma se apiada de él y le entrega su pasaje de regreso a la resurrección, a la resaca que ya viene galopando por su cabeza giratoria.
El furioso caballo del día después estalla en la rutina del borracho. A las cuatro de la tarde un té hace hablar a la conciencia prudente, al angelito que pide que haya sido la última vez, a la razón que tira una perorata interminable sobre la rectitud, la decencia y la dignidad. El borracho desoye a todos y charla íntimamente con su fiel y amigo deseo al acecho; en las llamas azules de la hornalla baila y canta sobre la promesa de revancha dulce, jura que la próxima vez será diferente. Los dos saben que es mentira pero se sienten tan a gusto en la conversación que simulan un futuro distinto y agradable.

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