viernes, 19 de marzo de 2010

DOSCIENTOS VEINTICUATRO

Llueve en Villa Unión. Después de mucho tiempo cae agua del cielo, tantas veces amenazante. Bendita lluvia que viene a enfriar un poco tanto calor, que llega para sumarle gotas al sistema hídrico siempre en deuda con el habitante.
Cuando llegamos no se vislumbraba este aguacero, el polvo animado por el viento de la tarde nos recibió y nos agregó más marrón al que ya traíamos del micro de la empresa Ivanlor. Sin embargo, la ducha no servirá demasiado, apenas aliviará temporalmente.
Treinta y cinco pesos por persona es barato. El único problema del hóstel es que el dueño quiere que encontremos a Dios. Para ello tiene todas las habitaciones, la cocina, la sala de estar, el patio, el hall de entrada, y aún los baños, repletos de folletos que tienen la ruta de ida al Señor. Ya en la camioneta que nos recogió en la terminal, a tiro de la guantera, el Todopoderoso ofrecía ser hallado en algún rezo prolijo y constante. Todo es un milagro en el Hóstel Laguna Brava. Incluyendo que el testigo de Jehová que asigna los lugares me haya colocado en la misma pieza con Noemí y Gaelle, dos francesas que están de paso por Villa Unión, aunque Noemí vive en Córdoba hace cinco años. Gaelle es de la Guayana francesa y sabe mucho de calores agobiantes, y muy poco de castellano.
Son dos encantos. Rubiecitas, simpáticas, charlatanas, y siempre listas para lo que los viajes le deparen.
Villa Unión es una familia alrededor de la plaza. Todos se conocen, y saben vivir en este distante pueblo precordillerano. El ritmo es el que ya se sabe: mañana sí, tarde jamás, atardecer y noche sí. Y nosotros no vamos a alterarlo, por supuesto. Usaremos sus calles anchas, su plaza verde y extensa, su hospitalidad sin intenciones, sus paisajes propios y vecinos, como la reserva de flamencos que vive en las alturas de la Laguna. Quizá la gran razón por la cual esta gente pasa sus días aquí, y tantos vienen a sacarles esas fotos buscadoras de lo ajeno y lejano, de lo extraño.
Desde Villa Unión también puede irse a los parques Ischigualasto y Talampaya, muchos vienen por esos parques. Siempre pasa, nos dice Alejandro, el dueño de la agencia Runacán, que descubren la Laguna y quedan asombrados y agradecidos por haber llegado a la Villa. Un plan A que contenía un oscuro y fabuloso plan B.
Yo ya sabía del sitio donde el agua y la sal se mezclan, ante la mirada de las nieves cordilleranas, de las calmas aguas, de las tranquilas llamas que viven en las alturas riojanas.

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