domingo, 14 de marzo de 2010

DOSCIENTOS VEINTE

Nunca había pasado nada hasta hoy.
Cualquier chico sabe perfectamente que en el placard, con la puerta entreabierta, vive un monstruo que aprovecha la oscuridad de su nicho para mirarnos desde los dos o tres metros que lo separan de nuestra cama. Día tras día, noche tras noche.
Jamás ha pasado nada, nunca hemos recibido el prometido ataque nocturno, la puerta entornada ha amanecido en su posición original al comenzar la noche. Eso no quita que todos los chicos aprendieran por institnto innato mil estrategias para tolerar la batalla psicológica con la bestia horrenda y asesina; cerrar los ojos hasta dormirse en profundidad, voltearse en la cama para mirar la pared amiga, recitar las tablas de multiplicar hasta el cansancio final, clavar la vista en el techo lejano pero inofensivo. A todo han (hemos) echado mano para combatir el mal que la infancia nos instaló en la propia pieza, sin importarle que papá y mamá estuvieran a pasos de nosotros.
Yo que gané cada lucha nuestra entre las veintitrés y las primeras luces, que jamás pédí ayuda a los viejos, ni cai en la cobardía infame de aferrarme a un muñeco, que pasé horas mirando la negritud de esa oscura morada disfrazada de ropaje y perchas, aterrado, pero valiente e inclaudicable. Yo que me volví escéptico hasta el fanatismo ayer descubrí la verdad. No existe ese monstruo malo y horripilante en mi placard: más bien es sensato y un poco senil.
Justo cuando estaba terminando de releer algunos cuentos de Lovecraft y me disponía a apagar la luz, mi monstruo salió del placard y arremetió decidido: "Ya que como vos bien sabés te dormís en cualquier lugar, a cualquier hora, y en cualquier contexto, por caso parado en un colectivo como aquella vez, que tal si no te metés vos en el placard y me dejás a mi tu cama, al menos por esta última noche. Ya son más de treinta años metido en este sucucho húmedo y tufoso".
A la mañana ya no estaba. Me dejó una nota avisándome que había llegado la fecha de retiro de su vida de "Monstruo del placard". Y que si cerraba la puerta antes de acostarme ya no se volvería a abrir sola, como siempre tenía él que fingir en cumplimiento de su trabajo de cada madrugada.
Ahora duermo con el placard cerrado y todos creen que porque arreglé la puerta. Claro, nunca había pasado nada hasta hoy.
Los monstruos en los placares existen, pero tienen órdenes superiores, precisas y desconocidas, de no lastimar a sus niños. Solo asustarlos.

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