La bella flor se abre a los vicios del intrépido amigo. Toda la velada le da sus elíxires sagrados e inagotables, y de todas las copas prueba el hombre seducido por los mil sabores y colores. Así baila y se mueve como pez en el agua.
El pequeño e íntimo lugar es testigo del avance del demonio, de la invasión que los sentidos más vitales sufren sin oponer resistencia. La trama se confabula para el goce de la perversidad de aquella mañana temprana y fisgona.
El amigo se muestra calmo y sereno, indiferente, irresponsable. No adivina el futuro previsible. Ebrio sin alcohol no atina una reacción que cierre el abismo en ciernes.
Nadie gana nada en la madrugada de San Telmo. Solo la historia tendrá un ignoto párrafo más en su libro infinito.
Cuando salen a la Chacabuco la claridad ya es total. Un amigo descubre su error fatal; el otro amigo se estrella contra el cemento de la calle sin capacidad de esquivar la sangre y las heridas. La aventura duró toda la noche y esos pasos torpes que dio antes de desbarrancarse en el cordón de la vereda.
sábado, 20 de marzo de 2010
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