viernes, 26 de marzo de 2010

DOSCIENTOS TREINTA Y DOS


La vista fija en algo que no tiene mucho mérito.
Es solo pasar el rato de quietud,
en un alto del camino por entre maravillas.
En la ciudad la historia reemplaza a los valles,
y ella se aburre un poco.
Viene de montañas y arroyos,
va a lagos y cumbres.
Igual, San Miguel está a sus órdenes.
Le presta su tarde de bullicio,
y su vereda de peatonal,
y su montón de gentes viviendo en perpetuo movimiento.
Ella toma todo eso y lo consume en pocos ratos;
la aventura está en reposo.

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